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Netflix y la pérdida de la inocencia. Por Marcelo Mosenson

2017-05-31

Con la aparición de la televisión se creyó que tanto el cine como la radio tendrían sus días contados. Como bien sabemos, eso no ha ocurrido. Sin embargo, es cierto que las nuevas tecnologías provocan cambios en cuanto a la forma y contenido de los medios que les preceden. A modo de ejemplo, el radioteatro, salvo contadas excepciones, ha desaparecido frente a la TV.
 
Netflix, junto a otros medios masivos tales como You Tube, Amazon, ITunes y Hulu, han revolucionado la forma en que actualmente  consumimos contenidos audiovisuales.
 
Durante el último festival de cine en Cannes estalló la polémica entre el establishment del cine y Netflix, la plataforma norteamericana de cine en línea con más de 100 millones de abonados en todo el mundo.
 
En esta 70ª edición, el certamen ha proclamado un cambio en las reglas de juego para que, desde 2018, las películas que no vayan a ser estrenadas en salas francesas, no puedan competir por la Palma de Oro.
 
Netflix, que tras concursar en Berlín y Venecia ha llegado a Cannes con dos películas de su producción, no las exhibirá en Francia. Pedro Almodóvar, presidente del jurado, se alineó con los valores del festival: “Netflix es una nueva plataforma para ofrecer contenido de pago, lo cual en principio es bueno y enriquecedor. Sin embargo, esta nueva forma de consumo no puede tratar de sustituir las ya existentes. Me parece una enorme paradoja dar una Palma de Oro y cualquier otro premio a una película que no pueda verse en gran pantalla”.
 
Algunos especialistas han situado el debate en el terreno de la calidad: de la originalidad del producto de autor frente a la uniformidad que puede implicar estar en manos de una corporación multinacional que actúa a la vez de productor y exhibidor. A su vez, defienden la experiencia de silencio y concentración que provoca la pantalla grande, aún si las visitas al cine disminuyan año tras año. El cine visto frente a una computadora, televisor o teléfono es cada vez más la primera opción de quienes solemos ver cine.
 
Hasta hace algunos pocos años, a partir de la aparición de las cámaras digitales, los festivales de cine distinguían dos categorías: las de filmes realizados en material fílmico y las producidas en soportes digitales. Hoy, a partir de la desaparición de la producción y proyección en soporte fílmico y el advenimiento de la tecnología digital, la distinción entre fílmico y digital ha caducado.
 
El debate entre posturas conservadoras y progresistas es constante a lo largo de la historia.
 
Es fácil acordar con Almodóvar que la experiencia cinematográfica en una sala oscura con pantalla grande y un buen sonido superan a las cualidades de una laptop. En su momento, los melómanos cuestionaban al CD y luego, al mp3, por ser  soportes  que ofrecían una calidad de sonido inferior al vinilo. También es cierto que nos acostumbramos a todo. Mientras uno no se encuentre comparando, al mismo tiempo, dos experiencias cualitativamente distintas de manera simultánea, logramos sumergirnos en el relato de una película o en la escucha de un tema musical, independientemente de su soporte.
 
A su vez, es  evidente que muchas de las series de Netflix han logrado superar en calidad a muchas de las producciones cinematográficas de la actualidad.
 
Lo que asusta de empresas tales como Netflix, Amazon, Apple y demás gigantes tecnológicos es su poder avasallador. Netflix es una empresa valuada en más de 50.000 millones de dólares. Por supuesto que es un riesgo que la producción y la distribución mundial de las obras audiovisuales quede finalmente relegada en pocas manos.
 
La defensa de los franceses para que la producción cultural no esté regida por las leyes del mercado encuentra enormes obstáculos en el mundo de hoy. Sin embargo, frente a las recientes discusiones en torno a nuestro instituto nacional de cinematográfica sería oportuno a su vez, plantearse el porqué, para qué  y el cómo de nuestra producción de cine.
 
La defensa de Almodóvar por el cine, tal como lo hemos conocido en pantalla grande, es entendible, pero a su vez sería injusto que ciertas maravillosas producciones de Netflix no tuvieran acceso a competir junto a otras películas por un mero tema soporte, cuando en realidad, somos muchos los que amamos el cine y aún así, acudimos cada vez menos a una sala de proyección.
 
 Lamentablemente, ciertos progresos rompen con la noción y sensación de inocencia. Algoritmos, pantallas, y miles de millones de dólares manejan gran parte de nuestra consumo de contenidos culturales. Elegimos lo que eligen previamente por nosotros. A su vez, la democratización del acceso a los contenidos a escala planetaria es incuestionable como valorable.
 
La inocencia del cine como producto artesanal se está perdiendo.
 
Finalmente, son las próximas generaciones las que deberán afrontar el dilema. Posiblemente, para bien o para mal, a nadie le importará demasiado los argumentos de Almodóvar a favor de un cine proyectado en sala. Un poco como el personaje de Cinema Paradiso, Salvatore Di Vita, que regresa a su pueblo y proyecta la inolvidable secuencia montada con fragmentos amorosos, sumergido en la melancolía de un tiempo que ya fue.
 
La pérdida de toda inocencia es siempre dolorosa, aún en aquellas situaciones en que valiera la pena perderla. 

 
 
 

  • 31.05.2017
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