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Libro en papel vs. e-book. Por Marcelo Mosenson

2017-05-27

Varios estudios sostienen que leer en papel es mejor que la lectura sobre un soporte electrónico en cuanto a memorizar, retener y hacer foco en lo que leemos. 

Un estudio en Noruega consistió en dar a leer una historia corta en Kindle y en papel a dos grupos distintos, respectivamente. Cuando los lectores fueron entrevistados, aquéllos que habían leído  el cuento en papel eran más proclives a recordar los puntos de giro de la historia en el orden correcto, en comparación con aquéllos que habían leído la misma historia sobre la tableta. 

El sentido táctil de la progresión del texto, las páginas que pasan y se acumulan de derecha a izquierda, sean posiblemente lo que permite esta diferencia entre ambas formas de lecturas. 

A su vez, uno de los entrevistados describió que su preferencia por el papel radicaba en tener algo en lugar de usar algo. 

Siempre hubo resistencia al cambio. En su tiempo, Sócrates se oponía a la lectura, ya que esta habría de acabar con la tradición del aprendizaje oral. Previno de esto a Platón. Aquél sostenía que la lectura, en contraposición a la tradición oral,  alteraría el tipo de memoria requerido en los jóvenes para internalizar el conocimiento. 

En 2015, un   27% de los norteamericanos leían e-books. Una de las causas de esta elección se debió a que los e-books son más baratos que los libros en papel. Por otra parte, esta nueva tecnología permite agrandar la letra al gusto de cada uno, leer en la oscuridad y ayudar a lectores con problemas de presbicia. 

Sin embargo, el apocalipsis digital finalmente nunca llegó. Mientras algunos analistas predijeron que los e-books desplazarían a los libros tradicionales a partir del año 2015, las ventas de los libros digitales comenzaron a disminuir en los últimos dos años. 

Sus ventas cayeron un 10% durante los primeros cinco meses del 2015, según la asociación de editores norteamericanos. Actualmente, el libro electrónico conserva sólo un 20% del mercado editorial de los Estados Unidos. 

Este debate, por demás comprensible, encuentra su anclaje en la actualidad más inmediata. Pero si intentamos ubicarlo a lo largo de la historia habremos de notar que esta disyuntiva de tipo binaria (a favor y en contra) no existe. La digitalización de la información comenzó en el siglo 20 y continuará a lo largo del siglo 21 de forma cada vez más acelerada. 

Los medios tecnológicos progresan a pasos agigantados, al punto que podrá ser posible digitalizar toda la información producida por la humanidad. No sólo los libros, también la música, la pintura, la escultura o la arquitectura (mediante el empleo de la tecnología 3D). Cuando la información es digitalizada, el soporte de edición principal es la pantalla, una tecnología que también se encuentra en plena evolución: pantallas catódicas, LCD o plasma.

Otros soportes de edición también podrán emerger. La cuestión acerca del libro digital y de sus respectivos lectores es meramente coyuntural. El fondo del problema es la digitalización respecto de la cual la humanidad, en toda evidencia, no renunciará. 

El manejo de los contenidos en forma numérica es ante todo un problema jurídico como político.  Google puede digitalizar la tierra entera, pero se encuentra con límites legales como para hacerlo. Habrá que definir los contenidos en relación al patrimonio común de la humanidad y diferenciarlos respecto de los del mercado. También habrá que garantizar el derecho al acceso universal de ese patrimonio común. Y como siempre, para todo acto jurídico, se necesita de una visión política. 

En todos los dominios, las tecnologías emergentes coexisten durante un cierto tiempo con las tecnologías declinantes. El auto no reemplazó inmediatamente al caballo y el libro digital no eliminará bruscamente al de papel. Pero la digitalización ya ha ganado la partida. 

En cuanto al formato de salida podría verse diversificado según la evolución tecnológica, pero a mediano plazo pareciera ser que el papel será aún la excepción frente al abaratamiento del costo de los nuevos soportes. El libro, tal como lo conocemos actualmente, podrá en todo caso,  convertirse en un artículo de lujo. 

Comparto la nostalgia de los que padecemos la eventual desaparición del papel. Pero a su vez, debiésemos alegrarnos de ver un mundo en donde podremos acceder a cualquier obra de cualquier autor,  en cualquier momento y circunstancia.  

Personalmente, la nostalgia por lo analógico: los libros en papel, las fotos hechas mediante un negativo o las cartas manuscritas, conservan un poder que irremediablemente se ven perdidos frente al progreso de las nuevas tecnologías. Los objetos tangibles nos reconcilian, de alguna manera, con la vida y la muerte. Pueden durar y deteriorarse constituyendo nuestra memoria, de manera tal que un libro digital, una a foto sin imprimir, o un mero e-mail,  muy difícilmente lo logren.

No se trata tanto de ser nostálgico respecto de un tiempo en donde los contenidos eran tangibles, sino más bien ocurre que las nuevas tecnologías de la información resisten  a la nostalgia. Siendo el precio a pagar por sus evidentes beneficios,  el placer que resulta del envejecer junto a nuestros objetos. Como las páginas amarillas de un libro, una carta manuscrita, un disco en vinilo, o una foto impresa,  que supimos disfrutar tiempo atrás, sin saber en aquél entonces que hoy, al igual que ellos, ya no seríamos los mismos. 

  • 27.05.2017
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