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"En búsqueda de una tecnología existencial". Por Marcelo Mosenson

2017-07-22

La ciencia y la tecnología no pueden aportar un sentido último a la humanidad.

Si frente a este vacío se agrega el escepticismo progresivo de las grandes religiones por el materialismo, es normal que una sociedad se vea confrontada al problema del absurdo.

Claude Lévi-Strauss escribe a propósito de esto: “Occidente, amo de las máquinas, es testigo de conocimientos muy elementales sobre la utilización y los recursos de esta máquina suprema que es el cuerpo humano. En este ámbito, por el contrario, como en aquél que conecta el físico con la moral, el Oriente y el Extremo Oriente están muy adelantados en miles de años respecto de Occidente. Oriente ha producido sistemas teóricos y prácticos como el yoga, las técnicas de respiración china y la gimnasia visceral de los antiguos maoríes.”

El progreso técnico es como una hacha que habríamos puesto en las manos de un psicópata, dice Albert Einstein.

Cuando la pulsión de dominación es todo poderosa ella tiene, naturalmente, necesidad de dominar. Si el instinto de dominación no encuentra ninguna resistencia, va a imponerse ese mecanismo violento como sistema general.

La industria del automóvil, por ejemplo, desde hace más de cuarenta años que sabe de los riesgos de polución y de la congestión que ella genera.

La competencia feroz e inconsciente esperó a que suceda lo peor para comenzar a valorizar los autos no contaminantes y a hablar del transporte común.

La tecnología no necesita de la filosofía para vivir, pero podría ser que necesitemos de una filosofía para vivir en un mundo tecnologizado.

Supuestamente, las tecnologías tenían como objetivo liberarnos, sin embargo nos sentimos cada vez más sobrepasados por ella.

Somos dependientes de la distracción que producen. Observamos nuestro teléfono unas 150 veces por día. Nos encontramos en lo que el diseñador de juegos y teórico de los medios, Ian Bogost, llama el híper trabajo.

Pasamos nuestros tiempo a administrar las notificaciones de nuestros sistemas tecnológicos, a navegar el flujo constante de las solicitudes que nos alienan. Nos encontramos cercados por nuestra dependencia, siendo el desconectarnos nuestro sólo recurso.

“La contradicción ética fundamental que se encuentra en el centro de la industria digital es que las personas que más la sufren y se organizan contra esta aceleración son los mismos que se benefician de ella. Nosotros somos los “ladrones de nuestro propio tiempo” y somos los primeros en conceptualizar la experiencia de los utilizadores. Creamos formas adictivas, interfaces que refuerzan nuestra dependencia”, explica Natasha Schüll.

Producimos sistemas para perder nuestro tiempo u optimizarlo, pero no construimos sistemas para vivir por uno mismo en lugar de vivir como los otros lo esperan, para trabajar menos en lugar de más.

Como ya lo ha subrayado Michel Foucault, las tecnologías de sí no son otra cosa que tecnologías de dominación y de control social.

La mayoría de las tecnologías del buen comportamiento ayudan a reproducir los sistemas sociales, los cuales son responsables, a su vez, de generar los problemas que intentan solucionar.

La obesidad, la vida sedentaria, el calentamiento global, son sólo algunos ejemplos de ello. “El gran discurso global consiste en decir que todo es culpa del individuo. Si uno pudiera alimentarse mejor, si pudiésemos conducirnos de una manera más responsable, todo iría mejor. El discurso inherente a estas tecnologías tiende a repetirse: si profundizamos la disciplina, la revolución es el resultado.” Este discurso no es nuevo, remarca Deterding quien cree que aún debemos redescubrir las tecnologías del bienestar:

-A imagen del joven, que nos invita a ser mas independientes de las contingencias inmediatas de nuestro cuerpo para apreciar mejor lo que el comer nos aporta.

-A imagen del jubilado, que nos permite tomar distancia sobre nuestra manera de vivir el cotidiano.

-A imagen de la meditación, del rezo, de la lectura o del diálogo espiritual, que nos invitan a reflexionar sobre nuestro rol en la existencia.

-A imagen de esas figuras que nos recuerdan nuestra propia finitud.

-O a imagen del Shabbat, de los días feriados o de la conmemoración, permitiendo incluir el trabajo y la productividad cotidiana en perspectiva, en beneficio de la comunidad y de una relación respecto de los otros.

En lugar de mejorar nuestros medios de ejecución, las tecnologías podrían crear una espacio donde podamos preguntarnos el porqué hacemos lo que hacemos.

Deterding da como ejemplo al sitio web, SeeYourFolks (ver los tuyos), un sitio que estima según la edad de nuestros padres, su país de residencia y su esperanza de vida, la cantidad de veces que aún tendríamos la oportunidad de visitarles antes que mueran.

Algo de este mismo orden propone el diseñador Hans Ruitenberg al crear un llavero que nos recuerda pequeñas actividades a desempeñar a lo largo del día hasta que las llevemos finalmente a cabo. A modo de un compendio para las cosas que no nos son necesariamente importantes, pero que permiten abrir un espacio cotidiano a la reflexión.

Deterding menciona otras pequeñas herramientas de este estilo como Freedom, la aplicación de Fred Stutzman, que permite desconectarse de internet, en horarios definidos, para así adueñarnos de nuestro tiempo.

El problema radica en que cada vez que ponemos en evidencia una cosa, disimulamos otra.

“Cuando hacemos recaer el problema sobre los individuos a través de las aplicaciones que los fuerzan a comportarse, desviamos la atención y la energía de las soluciones sistémicas.” Así lo entiende el psicólogo del medio ambiente, John Thogersen, quien explica que llevamos a cabo pequeños gestos verdes que nos hacen sentir bien cuando en realidad nos distraen de la acción política y colectiva necesaria para responder al recalentamiento global.

Separar nuestra basura, por ejemplo, actúa sobre una parte ínfima de la producción total de basura. En USA, los desechos hogareños representan apenas el 3%.

Los diseñadores no pueden pasar su tiempo a desarrollar dispositivos que nos desconecten. “¿Cómo integrar la ética en la concepción de la experiencia de los utilizadores?” Se pregunta Deterding.

El talón de Aquiles de la era de internet reposa sobre el exigente tratamiento de las solicitudes de las que somos objeto y que exigen nuestra constante atención. La mayoría de las herramientas técnicas que utilizamos son construidas para hacernos perder tiempo.

Somos como Sísifo pero sin su roca, intentando suprimir los e-mails, pero sin nunca llegar a completar la tarea. A los cuales se suman los de Facebook Twitter, etc.

¿Que hay después de la vida?

¿Quién creó al mundo?

¿Porqué fue creado?

¿Para qué sirve la existencia del humano?

¿Para qué vivir si vamos a morir?

¿Porqué actuar moralmente si no hay un sentido?

No debemos pretender que la ciencia y la tecnología respondan a estos interrogantes, pero al menos no deberíamos permitirle distraernos de ellos.

  • 22.07.2017
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