LA VIDA DE LOS OTROS

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Los sonidos del desierto

2017-09-28

La vida en el desierto no admite multitasking. 
No es posible hacer dos cosas a la vez. Aquí se vive en un presente absoluto.

El aquí y ahora se imponen. Están el sol, la luna, la inmensidad y la escasez. Y uno con uno mismo.

El tiempo y el espacio tienen dimensión de lujo. El resto es pura carencia y dificultad..

En el desierto se lleva el silencio, la introspección. 
Todo conecta con la divinidad. Es imposible no mirar y mirarse en ese extraño infinito.

Nada vale en el desierto más que el agua. El agua es el recurso más escaso y más deseado. El agua es la vida y todo lo que la hace posible.


Yaaych tiene menos de treinta y un rostro duro de tantos soles en el Sahara. Recostado sobre una inmensa duna de arena roja espera la salida del sol. Su mirada se endulza mientras relee la pantalla del celu. Ese hilo digital trae noticias de su gente.

Nacido y criado en el desierto, hoy maneja los dromedarios en el campamento que alberga a los viajeros que se asoman a la profundidad de la tierra marroquí.

Yaaych habla árabe, berebere , francés e inglés pero también intenta comunicarse en español y alemán. Se empeña en aprender. Cuenta orgulloso que sigue cursos on line desde su dispositivo móvil.

Yaaych es un beduino. Nacido en una familia nómade vivió sus diez primeros años en una “haima” (jaima) junto a sus padres y sus ocho hermanos. Hoy, ya grandes, siguen juntos en dulce montón compartiendo casa en Merzouga, un pequeño pueblo pegado al desierto.

Las familias nómades no se separan, niños, viejos y adultos conviven itinerando. Algunos se desplazan en tribu.

Van buscando sitios con algo de agua y pastura para sostener el rebaño. De eso viven, de sus cabras. De tanto en tanto bajan a un zoko. Allí venden y compran y hacen trueque por algo de frutas y verduras. 
Se concentran sobre todo en los oasis cercanos a la frontera argelina (Draa y Tafilalet) y en menor medida en regiones saharianas.

Desde la ruta es posible ver sus precarias tiendas negras, tejidas en lana gruesa, resistentes a las escasas lluvias del lugar. Siempre cerca del tesoro deseado:un pozo de agua.

El régimen de propiedad de la tierra marroquí, en su mayoría estatal, les permite asentarse temporalmente dónde lo deseen. Esto es considerado un derecho a respetar.


El último censo en 2016 dice que 25.256 personas viven como nómades en Marruecos. El 47% tiene menos de 20 años. La inmensa mayoría de ellos no recibe educación formal alguna.

Solo un 31% de niños nómadas de entre 7 y 12 años están escolarizados, contra un 94% a nivel nacional. 
Una dificultad que los deja sin futuro. El 81,9% de la población nómade es analfabeta. En el caso de las mujeres ese número dramático sube al 89,5%.

Pan y paz dicen, es la consigna de los nómades. 
Han elegido el interior para preservar el insimismamiento y la independencia que caracteriza esa cultura tribal y beréber. Son parte del pueblo marroquí y se los respeta como tales. No son, ni se los percibe como ocupas.

Er-Rachidia es la puerta de desierto.

La ciudad militar construida sobre la antigua ciudad ciudad de Ksar-es-souk, que sirvió de base a la Legión Extranjera Francesa durante el protectorado francés hasta 1956, es hoy centro y eje de la vida próxima al Sahara. Está situada sobre el río Ziz, que alimenta de verde los oasís del sur marroquí.

Habitada por descendientes de varias tribus beréberes la vida fluye con intensidad. Con riquísimos yacimientos geológicos de los que se extrae a diario piezas de deslumbrante belleza y valor y plantaciones datileras que mueven la economía, los pequeños productores y cooperativas siguen adelante.

El zoco de dátil es, en esta época del año, un febril punto de encuentro. Un mercado callejero en el que se compite en precio y calidad y al que todos llegan a diario avender la cosecha

La fruta que crece tan jugosa como nutritiva, ese exquisito pan del cielo que abarrota los palmares expresa el espíritu de esta gente.

Dulces, generosos y resistentes, atados a la tierra en la que nacen, viven y mueren conversando con la divinidad.

  • 28.09.2017
  • Sociedad
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