LA VIDA DE LOS OTROS

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Exóticas princesas Kharen

2017-02-13

 

Coquetas y super producidas las “long necks “de la etnia Kharen convierten un cuestionado recurso estético ancestral en una estrategia de supervivencia económica.
 
Cumplen su rol a la perfección.
De rasgos delicadamente orientales, son dulces y especialmente amables.
Visten ropas exquisitas y trabajadas que rematan con tocados tan coloridos como recargados.
 
Inicialmente dedicados a las niñas  consideradas elegidas por haber nacidas en días de luna llena, los kilos de bronce que soportan de por vida sobre los hombros son mostrados como un dato contundente de belleza y distinción.
 
Venidas de la Birmania profunda,  sacudida por la inestabilidad política y vulnerabilidad económica, buscan su lugar el espesa jungla del Norte de Tailandia, cerca de la frontera con  Myanmar.
 
Viven en aldeas alejadas de las rutas pero en áreas protegidas y organizadas.
 
No son solo misteriosas muñecas capaces de deleitar al más profesional de los fotógrafos, son también tejedoras incansables.
Basta verlas sentadas sobre sus telares trabajando durante horas con hilos de algodón finísimo para producir los sutiles tejidos que caracterizan a su comunidad.
                                                                                                      
Lejos de lucir manipuladas por oscuros intereses tribales  las “padaung” sobrellevan con presuntuosa dignidad de princesas la pesada carga de aros metálicos que separa esos rostros pequeños del resto de su humanidad.
 
Asignado sin consentimiento alguno en la niñez,  el destino de las mujeres jirafa no parece tener marcha atrás.  Alterarlo dicen tiene un pesado precio que algunos relación con la imposibilidad de mantener la cabeza erguida y otros con la pérdida de la  identidad y status tribal. En cualquier caso ni se les ocurre.
 
La suma de un nuevo aro, es siempre un acontecimiento ceremonial del que participa la comunidad cercana. Solo ocurre en determinados y precisos aniversarios y suele hacerse siguiendo los paso que marca un “expertise” ancestral.
 
No es un trámite fácil  el recambio o incorporación de otra vuelta de metal.
El trabajo es arduo y se practica no sin una dosis fuerte de dolor y malestar sobre el cuerpo de la muchacha.
 
Ellas se prestan con gozosa aceptación convencidas que más vueltas y más peso sobre su cuerpo no solo suma refinamiento estético sino también prestigio social.
 
A las tareas cotidianas hay que sumar el mantenimiento de los collares que deben mantenerse relucientes como cuidadas piezas de joyería.
 
Se saben que los lavan en los ríos y los frotan con la hojas de una hierba elegida.
La higiene personal es otro asunto que demanda una laboriosa entrega y dedicación y que se sostiene pasando finos trapos entre la piel y el anillado para desprender las impurezas que acumula el mero hecho de andar por la vida como una más.
 
Todo este trajín no logra borrarles la sonrisa con la que derriten  a los cazadores de imágenes que llegan hasta su aldeas para constatar que tienen existencia real.
 
No parecen gestos impostados ni fingidos lo que les permiten comunicarse con apenas mohines y algunas poquísimas palabras de un  precario inglés.
 
El contacto con los extraños no las separa de sus costumbres y tradiciones.
 La vida en las aldeas es organizada y los recursos que se obtienen se comparten en la comunidad.
 
Estas tribus forman parte de las clases más pobres cuyos escasos recursos provenían del cultivo del Opio y que ahora el gobierno tailandés trabaja par sustituir  por otro tipo de  producción más lícita aunque menos rendidora.
 
 La prolongada guerra de guerrillas que los karenni sostuvieron con el Ejército Birmano parece haber abroquelado aún más a estos pueblos en torno de los rasgos culturales  que traen desde el Tibet de dónde se dice que son originarias.
 
Distintas leyendas intentan explicar el origen de la práctica de las “long necks”.
No parece ser la de protegerlas de ser tomadas como esclavas ante la imposibilidad de trabajar con tanto peso encima.
 
Tienen fama de ser incansables y laboriosas.
 Basta verlas por horas dedicadas a sus telares y otros quehaceres, todos los cuales aportan recursos económicos a su comunidad.
 
Un caso emblema es el de una karenni que llegó a ostentar veintisiete vueltas con un peso aproximado a los nueve kilos sin que esto el impidiera seguir con su vida adelante.
 
Algunas organizaciones cuestionan el doloroso tratamiento estético que dicen, lejos de alargarle el cuello, solo les retrae hombros produciendo una falsa  impresión de estilo y esbeltez
 
En este tiempo en que con tatuajes y metacrilato se busca compensar con belleza tanta insatisfecha identidad, las Karenni ostentan la tradición de sus ancestros.
 
Mujeres al fin le ponen  cuerpo, dignidad  y  glamour a la sostenida adversidad que las desplazó de sus tierras y las trajo hasta las veredas de la globalización.  Expuestas  como exóticas muñecas dan cuenta de una etnia  milenaria que lucha  contra la violencia política, la precariedad económica y el prejuicio para no desaparecer.

  • 13.02.2017
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