LA VIDA DE LOS OTROS

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Cuestiones de Familia.

2019-01-28

Santos Gutiérrez partió de este mundo allá por los treinta. Fue una decisión personal. Con un certero escopetazo puso fin a su vida cuando apenas había superado sus cincuenta. Agobiado por la inminente quiebra de su empresa y por quien sabe que otras encerronas existenciales decidió cortar con todo y retirarse violentamente de escena.

Rosa Graciana Battilana, lo esperó en vano con su pequeño hijo sobre la falda. Nunca volvió de una pretendida excursión de caza en las islas del Paraná frente a Rosario.

Mi padre no llegaba a los cinco cuando estos hechos ocurrieron dejándolo huérfano.

Mi resiliente abuela paterna superó la perplejidad inicial echando mano a una extraordinaria vitalidad, esa arrolladora energía que le permitió ser una mujer de tres siglos y llegar a sus 106, rodeada de nietos y bisnietos. Pero esa es otra parte de esta historia.

En los feroces años de la crisis, atropellada otra vez más por la tragedia, esta mujer inolvidable que ya había enterrado un marido y un par de hijos, devorados por una peste, sobrellevó la muerte de su segundo esposo, mi abuelo, remontando una segura bancarrota.

Arremangada tras el mostrador del almacén de ramos generales que el susodicho dejó yéndose a pique, no solo estabilizó la nave sino que mantuvo a flote la prole que heredó del bueno de don Santos, al que desposó ya viudo y cargado de hijos. Al menos, eso es lo que cuenta la historia oficial que se transmitió de boca en boca sin reparar en demasiados detalles.

Entre parroquianos y proveedores mi infatigable abuela volvió a encontrar el amor, pero cuando yo nací ya había enviudado por tercera vez. No tenía sesenta pero ya sería una mujer sola de hombre por el resto de su vida.

Ni ella ni mi padre hablaban de Santos Gutiérrez. Ni bien ni mal. No era un tema. Solo me quedaron algunas fotos atesoradas dónde se ve a mi abuelo paterno extraordinariamente producido posando junto a un auto lujoso para aquellos tiempos y unos documentos personales con los que hoy logré llegar hasta aquí arrastrada por una curiosidad insaciable que heredé de quién sabe quién.

Y aquí estoy ahora , en San Martín de la Collera, un diminuto pueblito asturiano en el que viven de manera estable no más de cuarenta y dos almas y en el que nació el padre de mi padre el primer día de noviembre de 1882.

Hay muchas casas en este sitio perdido próximo a Ribadesella. Algunas son de piedra, muy antiguas, cubiertas de ese musgo espeso que crece generoso en los entresijos de granito. Otras son nuevas pero nadie vive en ellas. Algunas cuantas están a la venta. Todas parecen cerrarse en un abrazo protector sobre la Iglesia de Collera, alguna vez imponente y ahora modestamente reconstruida, tras la devastación que dejó a su paso la Guerra Civil Española, devorando altares y, según ahora me cuentan, también la documentación que resguardaban. Muy probablemente, entre ella, la información sobre mi abuelo y sus antepasados.

Qué he venido a hacer a este lugar? Qué he venido a buscar me pregunto mientras vago por estas callecitas abandonadas? Qué pretendo encontrar?

Si la memoria genética pudiera repartirse en cuartos, podría sostener que mi ADN dispone de tres cuartas partes de contundente carga italiana, de la que ya he dado cuenta para tener y guardar, y de un cuartito asturiano que he casi desconocido hasta aquí.

No he llegado a este sitio buscando parientes, aunque no descarto encontrarlos porque la primera puerta que toqué, la de la familia Serrano, me sorprendió con la novedad de que tienen como segundo el apellido Llanos. Justamente el de mi bisabuela Ramona. Pero no se trata de eso. No pretendo tanto.

Solo respirar un ratito el aire de esta tierra tan cercana al mar y, a la vez, a la montaña. Esta patria tan presumida de sí misma, tan orgullosa de sus sesgos y tradiciones y que probablemente me constituya y explique sin yo siquiera saberlo.

Puede que encuentre en estas fragancias, en estos vientos y lloviznas, en estos soles y decires ese pedacito perdido que me complete. No lo sé.

Qué he venido a buscar, Qué estoy queriendo encontrar me pregunto una y otra vez mientras me echo a andar sin prisa alguna por estos caminos de tierra y piedra por los que, como dice Serrat de su pueblo blanco, pasó el olvido y en este caso, también, pasó la guerra.

  • 28.01.2019
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