LA VIDA DE LOS OTROS

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Bajo el cielo de Saigón.

2016-12-27


Los vietnamitas llevan sobre el alma el peso de la guerra. Eso se siente, se respira a poco de pisar Hi Chi Minh City, o Saigón , como prefieren seguir llamándola los nativos. 

El apabullante paso de las motos como inquietas hormigas motorizadas marca la impronta de esta ciudad en la que, ni  los delicados vestigios parisinos que dejó la dominación francesa, ni los sofisticadas torres de cristal del distrito financiero, logran atenuar su profunda identidad asiática. 

Con seis millones y medio de ciclomotores para los diez millones de personas que fatigan a diario la ex capital de Vietnam del Sur, las calles son un frenético hervidero mañana, tarde y noche.

Todo es pasible de ser trasladado en moto, objetos personales, voluminosos equipajes, materiales de construcción y mercadería de reparto. Todo vale. Todo está permitido. 

Mascotas, grupos de amigos y familias enteras con bebés incluídos se trasladan a agobiante velocidad urbana sin reparar en riesgo ni incomodidades. 

Se habla por celular, se escucha música, se fuma  y aún puede comerse una suculenta ración de arroz con palillos si se va de acompañante. 

Con una economía demasiado estrecha todavía  para llegar al auto y una ciudad demasiado extensa para las bicicletas, las motos son el ícono de Ho Chi Minh City, su nota distintiva. 

Ninguna ciudad del mundo dispone de tantas por habitante como la mítica Saigón. 

Un furor que comenzó a mediados de los ochenta cuando la economía volvió a reaccionar tras la demolición que dejó la guerra y la población volvió a crecer en una irrefrenable apuesta a la vida. 

Pero si algo sorprende a los desprevenidos, es el kit de supervivencia  de los motoqueros. 

A los ya emblemáticos cascos y barbijos de los que nadie parece estar dispuesto a prescindir, las mujeres suman coloridos pasamontañas de algodón, velos de tul, guantes, medias por debajo de las ojotas y larguísimas sobrefaldas que sujetan con velcro por sobre jeans, minis o trajecitos. 

Aún con temperaturas que superan los 35 grados durante buena parte del año, la consigna parece ser que ni un centímetro  de piel quede expuesto a la polución y a las detersivas radiaciones del sol de estos paralelos. 

La explicación oficial remite a una compulsiva coquetería de las mujeres vietnamitas que valoran obsesivamente  la piel blanca, más propia de las clases pudientes no fatigadas por la intemperie  que la de los agricultores de tez curtida por el trabajo bajo el sol. 

Tanto recelo por los estragos que el medio ambiente puede provocar en la vulnerable humanidad del común de los mortales remite al recién llegado al todavía omnipresente fantasma de la guerra. 

Las atroces secuelas del “agente naranja”, el defoliante con el que los norteamericanos pretendieron avanzar sobre la vegetación vietnamita para atrapar a la escurridiza guerrilla del Vietcong, es quizás, para muchos todavía, un fantasma que pesa en las conciencias. 

La devastación del medioambiente que a cuarenta años de terminada la guerra todavía anida amenazante en el ADN de tantos produciendo mutaciones  que tardarán no menos de cuatro generaciones en desaparecer también dejó recuerdos imborrables con los que inexorablemente se convive. 

Cualquiera sea la razón de tanto arropamiento, si las veleidades estéticas o los miedos que los extremos sufrimientos olvidan en el inconsciente colectivo, uno no puede dejar de sentir una entrañable respeto por este pueblo cálido, sufrido y resiliente que defendió su tierra y derechos con sangre e imaginación.

Un pueblo que de su hoy espera y construye el futuro con esperanza, dedicación y paciencia. 











 

  • 27.12.2016
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