LA VIDA DE LOS OTROS

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Al agua con la burkini.

2018-01-29

En las playas de Malasia se lleva la burkini. Con un 62% de población musulmana aquí nadie discute nada. Cada uno se cubre o descubre cómo quiere y/o puede.

Más cerca de la burka que de la bikini, el controvertido outfit que tanto debate generó en Occidente, aquí es un “pret a porter” fuera de todo debate.

No se la usa para protegerse del sol ni de las temibles “jellyfish” sino de la mirada de los varones ajenos.

Humildad y recato dice algunos. Sumisión, otros.

Creada por una australiana de origen libanés que desesperaba por el engorro de bajar a la playa con el niqab o hiyab puesto, el traje de baño de las musulmanas tiene tres piezas. Pantalón, camisola suelta larga hasta las rodillas y una suerte de velo adherente y estrecho que cubre cabeza y cuello. Solo pies, manos y parte de la cara quedan expuestos. De broncearse ni hablar. No es la idea.

Si bien priman los tonos oscuros, los “equipetes” suelen presentar algún toque de color a modo de licencia. Están hechos de una suerte de lycra gruesa, de la que no se pega a la piel ni marca curva alguna.

Más parecidas a una joggineta que un traje de agua, la burkini, una prenda un tanto pesada para los treinta grados que suelen quemar estas costas, se usa con resignada naturalidad.

Algunas chicas se atreven a clavarle encima un pareo de estampas . Más cubiertas aún pero con un toque de glamour.

El debate abierto en Francia por el uso de la burkini, que llegó a la prohibición de su uso bajo el argumento de que “no respeta la secularidad del Estado francés, no hace ola en estas costas. Aquí las culturas se mezclan y bikini y burkina conviven sin aspavientos en playas y piscinas, desafiando creencias y sensibilidades.

Pero no todas están para el desenfado de la burkina.

Sea por motivos religiosos o de estricta tradición, son muchas las veinteañeras que vagan por los resorts de playa sin descubrirse ni la cara. Son las que visten abayas negras de arrastre, velo largo superpuesto y un pañuelo (litam) al que ajustan detrás de la nuca con un moño pequeño. Solo una estrecha raja deja expuestos sus ojos.

No se las ve desesperadas por el chapuzón aunque el calor apriete. Con aceptación y paciencia la miran pasar. 
La misma delicada actitud con la que comen en público sin descubrirse. Con la derecha manejan tenedor y cuchara para arrimar pequeños bocados mientras con la izquierda sostienen el velo apenas levantado. Para beber ayudan los sorbetes. Todo despacio, tranqui. Con estilo.

Otro asunto es el que lleva a muchas mujeres orientales a aventurarse a los deportes náuticos con velo largo y algo traslúcido que cubre completamente el rostro. Para chinas, coreanas y vietnamitas nada menos glamoroso y distinguido que el bronceado. Pero esa es otra cuestión.

Entre la coquetería y la comodidad solemos optar por lo primero y eso no entra en cuestión , ni aquí ni allá.

  • 29.01.2018
  • Sociedad
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