LA VIDA DE LOS OTROS

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"Secretos de Familia"

2016-12-31

Italo Pasquale Passafari murió el 24 de diciembre de 1962. 
Tenía 55 años. Un infarto le atravesó con ferocidad el pecho ese mediodía cuando cerraba asuntos en su oficina de la calle Muñecas, en San Miguel de Tucumán.

La noticia la conocimos el 25.
El teléfono sonó justo cuando nos sentábamos a una espléndida mesa navideña, de esas que acostumbra plantar Rosa Graciana Battilana, mi abuela paterna. 

Argentina Elizabeth Badolatto se derrumbó en la tristeza. Había muerto un hombre inolvidable, su gran amor, el único. 

Mis abuelos maternos ya no vivían juntos cuando la prematura e imprevista muerte de Ítalo se le cruzó dejando sólo un irremontable desconsuelo.

Una muchacha de veinticuatro, la misma edad que por entonces tenía su única hija, mi madre, se lo había llevado de nuestros días cinco años antes tan enamorada como nosotras de ese hombre inolvidable.

Nos recuerdo esperándolo de en el andén de Rosario Norte de la mano húmeda de emociones mi abuela Elizabeth. 

Ella, todavía joven y coqueta, vestida como una reina. Yo, metida en un vestidito rosa de plumetí con bajo falda almidonada, cinta de raso en el talle y un ramito rococó. 

Lo veo avanzar entre la gente tan seguro que era imposible no registrarlo.

Impecable traje cruzado, camisa de seda inicialada, gemelos de plata y una seducción en el andar de las que dejan marca.

Puede que haya sido la última vez que lo vimos. Al menos eso es lo que rescato de los primeros y desleídos registros de mi memoria

Italo partió abruptamente de su Italia natal huyendo de los 
“fasci di combattimento”. A sus 22, poco antes que terminara la década del 20. 

Al menos eso es lo que cuenta la historia familiar por mi reconstruída cuando ya casi terminaba el siglo turbulento que los vió nacer e internet llegó trastocando todos los paradigmas del espacio y el tiempo y alterando el curso de los olvidos.

Atrás quedó para siempre esa tierra cuajada de vides y olivares. 

De Gagliato, en la Calabria profunda, a Buenos Aires. De la casa de su madre Magda Gallo a la de su tía Chiara Gallo. De los estudios de cine en Roma a un exilio del que no volvería. 

En la nueva tierra el amor no tardó en llegar. Todo quedó en casa. 
Argentina Elizabeth, hija de Chiara, su prima hermana, lo hizo suyo más temprano que tarde.

De esta pasión fue tan contundente como inconveniente, nació una única hija, Clara Passafari, mi madre. 

En estos días sensibles de las fiestas, con el corazón estrujado por otras cuestiones que no vienen a cuento compartir, se me ha dado por recordarlo. 

La vida me ha sorprendido con extraños privilegios.
Releer las cartas de amor que mis abuelos, ya separados, intercambiaron sobre el filo de los años sesenta ha sido uno de ellos. 

De la pasión al amor se les pasó la vida. No llegaron juntos a la vejez pero no se dejaron hasta el último día. 

Hurgar en esa saga sostenida a fuerza de amores superpuestos, vínculos desencontrados, mentiras piadosas y estratégicos silencios me ayuda a comprender que maravillosamente complejas son las cosas del querer.

De ellos aprendí a no renegar de esas pasiones, que cuando aparecen nos sobresaltan y descolocan. Las que nos hacen conocer el cielo y también el infierno. De las que no se puede ni debe escapar ni prescindir por qué son las que le ponen sal y sentido a nuestro paso por la vida.

  • 31.12.2016
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