DUDAS Y CERTEZAS

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Zaffaroni y Moyano, adversarios a medida del Gobierno.

2018-02-17

La semana que termina corrió breve e intensa. El paso del "miércoles de ceniza" no logró arrastrar los diablos desatados que animaron este carnaval. Desde la pátina de prestigio intelectual que ilumina todos sus gestos y movimientos, Eugenio Zaffaroni volvió a la carga con sus apocalípticas admoniciones. Con parsimonia de septuagenario que se las vivió todas, llamó a evitar un "accidente violento". Se refirió confusamente a alguna suerte de cataclismo o atentado cuyos alcances dejó peligrosamente flotando en la imprecisión, revoleó el fantasma del 2001 y advirtió acerca de la irreversibilidad de la muerte. Horrible. Intentó suavizar su andanada apelando a la figura de eventual juicio político para una salida en el marco de lo institucional pero no bastó. Quedó claro lo que siente y piensa. La abundante jerga jurídica de la que dispone no parece no serle suficiente para expresarse sin patinar en esta etapa de de provocación política.

Todos somos dueños de decir lo que sentimos y pensamos y él no se quiso privar: quiere que Macri se vaya y "cuanto antes". Lo dijo una , dos y tres veces habilitando a los socios del "club del helicóptero" a legitimar de palabra y corazón que la interrupción anticipada y abrupta de un período presidencial está entre las herramientas posibles y deseables para salir de un Gobierno que al ex magistrado no le gusta. Nada que los argentinos no hayamos probado ya.

Si a la retahíla de las convicciones expresadas por el ex ministro de la Corte Suprema le sumamos su certeza de que lo ideal es "que se vayan cuanto antes" porque esto "nos va a permitir arreglar las cosas", el combo cierra perfecto. La disputa es por retomar como sea el control del poder.

Si estamos ante una consigna golpista para alentar un clima destituyente o ante una prédica antidemocrática es a esta altura irrelevante. Zaffaroni manifiesta un natural desprecio por el voto popular. Macri ganó las elecciones, superó con holgura el medio-término y ahora está aquí, remando en dulce de leche, mal que nos pese y a bancar hasta en 2019 si es que no queremos volver a comer más de lo mismo.

Tampoco se retiró de las carnestolendas don Hugo Moyano, que sigue al comando de la comparsa del camión. Mientras cuenta de a uno los pasistas que lo acompañarán en la movida del 21 prueba el trago amargo del abandono.

Barrionuevo se le bajó. Los argumentos del gastronómico son unívocos. "La marcha es por una pelea personal entre Moyano y Macri". El hombre no quiere sumarse a ese trencito. No solo le fastidia ser usado por el camionero, a quien sindica como un socio de Macri en la Ciudad durante 8 años, sino que la idea de compartir acoplado con el kirchnerismo le genera escozor.

No son pocos los que no quieren quedar pegados con el hombre de los camiones. Argumentan que convoca a la calle en defensa propia, para intentar frenar a los jueces que vienen por él.

Muchas cuentas pendientes, muchas heridas no cerradas tras la recurrentes refriegas para irse quedando con afiliados de otros gremios. Muchos métodos "non sanctos" para acumular poder de fuego. Ahora que se las arregle solo. Las razones de unos y otros para despegarse como quien juega a la mancha venenosa difieren.

"Hay ausencias que suman" replica hiperactivo el camionero, a quien la Justicia le acaba de levantar el secreto bancario y fiscal para saber cómo su esposa, hijo e hijastros acumularon tantos bienes en tan poco tiempo manejando empresas creadas y contratadas para servicios sindicales.

Si hay ausencias que suman, hay presencias que restan, parece ser la interpretación desde otro sector del peronismo. Los que se fatigan por estos días buscando puntos de encuentro para unir al PJ tienen claro que la voluminosa humanidad del camionero en la escena política es pura dificultad. Saben que con Cristina Kirchner no les alcanza para el 2019, pero que sin ella tampoco se llega. En ese planteo estaban cuando irrumpe el moyanismo: demasiado peso para arrastrar.

Moyano, que compartió mieles, bocadillos y brindis con el Presidente de la Nación, un poco antes de San Valentín le cortó el amor. No le gustó nada que la Justicia se meta son sus cuentas, que se lo investigue, que se quiera saber como un dirigente sindical acumula la fortuna de un potentado. Él tiene sus explicaciones: "si no fuera sindicalista sería un empresario exitoso", agita emulando a la ex Presidente, con la que ya había dinamitado puentes cuando ella justificaba su bonanza económica en sus sucesos como abogada o sus sueños de arquitecta egipcia. El caso es que se trata de un dirigente sindical y que sus recursos hasta dónde se sabe salen de las cajas de los trabajadores.

El Gobierno tensa la cuerda y se regodea con los entredichos. A Zaffaroni lo escuchan con deleite y le contestan con urbanidad. Lo sostienen en las pantallas. En el caso de la confrontación con Moyano también entienden que les sienta bien y trabajan a sol y a sombra para aislarlo. Lo van limando.

El eje de trabajo pasa por el acercamiento a los gremios de los sectores que evidencian algún repunte. Con la UOCRA, Sanidad y Comercio se fueron cerrando acuerdos paritarios dentro de la ajustada meta del 15 %. Es una labor de hormigas pero está dando sus frutos.

Quieren al camionero en la calle abrazado a Baradel, el kirchnerismo y los sectores que vienen pregonando un final anticipado. Desde el oficialismo se espera, no obstante, una marcha multitudinaria, nadie con cierto grado de información y sensatez minimiza el curso de los acontecimientos. No son pocas las razones que justifican malestar y protestas, este es un sentimiento compartido aún por los que se bajaron. Pero Moyano no solo suma apoyos del K, los estatales, sectores de izquierda y organizaciones sociales y algunos gremios de sectores en dificultades.

La escena no está exenta de riesgos. En el Gobierno no se descarta que haya ruido en las calles. Las refriegas de diciembre marcan un antecedente que no puede minimizarse.Pero a nadie le parece conveniente detener el curso de los acontecimientos. Todos juegan con fuego a plena conciencia.

En las vísperas de una semana caliente, el staff gubernamental comparte "retiro espiritual". No parece que las horas junto al mar sirvan para un balance de gestión. Lo que deja ver es que hay una bajada de línea más direccionada a recuperar la dignidad perdida por los papelones de enero que a replanteos de gestión.

El caso Triaca condensó broncas, resentimientos y rencores en el gabinete ministerial. No solo fue un bajón en la consideración y el respeto para todos, sino hay quienes entienden que quedaron expuestos teniendo que bajar a parientes y amigos. Seguramente de eso se está hablando entre meditaciones y karaokes. Catarsis y pase de facturas. Macri sabe que viene un año difícil y que quiere que los suyos salgan a "transpirar la camiseta". Pero quiere que jueguen con ropa limpia. Los trapos sucios a enjuagarlos antes y en casa.

No parece que haya que esperar grandes definiciones luego de este encuentro, que algunos viven más como una búsqueda de purificación que como una puesta a punto de objetivos o definiciones sobre los temas que arden. La inflación, que en enero fue del 1,8% y que para febrero se espera supere el 2%, no parece quitar el sueño a los que meditan este finde junto al mar. Saben que el desafío está en domar ese monstruo, bajar el déficit fiscal y generar empleo y se aferran a la idea de que la economía crecerá este año al 3.5 % . Tienen claro que la decisión de pisar el gasto público retraerá el consumo y que el primer trimestre será decididamente malo pero apuestan al aumento de las inversiones y exportaciones. Seguimos esperando un segundo semestre. En este caso del tercer año.

Mauricio Macri sabe que está frente a un momento bisagra. Entre los que le exigen que pise el acelerador y vaya a fondo con los cambios y los que solo esperar verlo salir eyectado del poder sin registrar gradualismo algunos, hay una inmensa mayoría, que todavía trabaja y se esfuerza esperando que, al menos, alguna suave brisa augure un tiempo mejor.


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  • 17.02.2018
  • Sociedad - Política
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