DUDAS Y CERTEZAS

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Perdidos en la medina

2017-09-25

La medina resiste. Apremiados por el paso de la globalización los “fasíes” enfrentan el embate aferrados a sus más antiguas tradiciones.

En Fez-el-Bali se vive, se ama y se sueña como en el siglo IX, aunque para algunos el muecín llame a la oración desde la app de un smatphone indicando dónde está la mezquita más próxima.

La muy antigua y populosa ciudadela marroquí, declarada patrimonio de la humanidad por la UNESCO alberga las dichas y penares de cerca de cien mil almas empeñadas en seguir viviendo como si el tiempo se hubiera detenido.

Fez-el-Bali es un sitio absolutamente único. Considerada como el área peatonal más extensa del mundo, no es un soko, ni un mercado, ni nada que se le parezca.

Protegido por la muralla, el casco antiguo de la ciudad islámica tiene todo lo que da identidad y sentido de pertenencia al ser musulmán.

Compleja y en apariencia caótica, intensa e insondable
la medina dispone de todo lo que es indispensable para la vida en el Islam. Sus habitantes se jactan de no salir de ese “su lugar en el mundo”. Aman ese sitio que sienten absolutamente propio.

Basta recorrer sus estrechísimas callejuelas, de inalterada traza medieval, para dar con alguno de los cinco elementos que definen el territorio de la vida en el islamismo.

Lo que no puede faltar en cada barrio: una mezquita, una madraza, un horno comunitario, una fuente y un hammán.

En la medina, el pollo para la cena se compra vivo y el pan se cocina en los hornos comunitarios alimentados a leña y que en algunos casos comparten caldera con el hamman. Los niños van a la guardería, los hombres cosen las prendas de uso diario y las mujeres bordan la mantelería en punto fez y preparan las delicadísima masa hojaldrada que envolverá manjares dulces y salados. La vida en familia es sagrada, la solidaridad manda y rige una fuerte impronta colaborativa.

Todo ocurre en el espacio común, es la vida diaria que corre en las callecitas alborotadas por el paso de turistas, vecinos del lugar y burros cargados con el mercadeo que van y vienen. A la intimidad familiar se accede por pequeñas y antiquísimas puertas tras las que se oculta pudoroso el ryad, la casa de familia, el pequeño o gran paraíso.

En tren de defender su ancestral modo de vida rehuyen de la mirada ajena y muchos no se dejan fotografiar, pero exponen con recatado orgullo la tarea de sus artesanos. Organizados en proyectos cooperativos, los hay de todos los gremios.

Reproducen técnicas transmitidas de generación en generación, algunas de inquietante sofisticación.

Tejedores de brocado, hilanderos de sedas, linos y lanas, exquisitos tintoreros con colores de la naturaleza, bruñidores de metales, talabarteros, marquetineros de maderas preciosamente encastradas compiten en destreza y refinamiento. Están ahí, incansables, de año en año, de siglo en siglo, reproduciendo la memoria del sentido de lo bello.

Entrar en la medina es una experiencia intensa e intransferible. La primera impresión es impactante y puede que hasta revulsiva. Cuesta entrar en la lógica que anima esas rutinas, ese modo de vida. Ese trajín infatigable, ese dejarse estar de algunos, ese abandono de otros.

Sobresaltan las fragancias de mentas y yerba buena, pero también el profundo hedor de las curtiembres, el trasiego de los burros cargados, el aroma de tajines especiados que ocupa la atmósfera cargada de bullicio y desbordante vitalidad.

Hay que trasponer esas puertas alhajadas para creer que entre esos pasajes en ruinas sostenidos por andamios para evitar el derrumbe, se escondan suntuosos palacios escondidos, imponentes madrazas, (las “medersas”, universidades del Corán) y decenas mezquitas o el imponente mausoleo del Moulay Idriss, el Rey de Marruecos y fundador de Fez, capital cultural e intelectual de los marroquíes.

Dejarse estar, dejarse llevar, perderse en la contemplación y sensualidad de sus rincones, extraviarse en ese mágico laberinto, reconcilia con la diversidad, une, acerca, maravilla y permite comprender, aceptar y compartir sin el peso insoportable del prejuicio y el miedo.

  • 25.09.2017
  • Sociedad
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