DUDAS Y CERTEZAS

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No todos quieren salir.

2020-05-10

El que se enoja pierde. Alguien debería recordarle a Alberto Fernández este viejo dicho popular. La destemplanza discursiva no le sienta bien al Presidente en tiempos de pandemia. La irritación y el fastidio lo alejan de la gente. Despacharse contra el supuesto enemigo de turno cuando se sale a pedir disciplina y encierro no rinde.

“No me van a torcer el brazo”, agita ofuscado sin hacer referencia a quien o a quienes se refiere. Un mensaje que lejos de sumar la firmeza y serenidad que el momento demanda, aporta desasosiego. ¿A quién le habla Fernández cuando sobreactúa confrontación? ¿A qué parte del frentetodismo pretende contentar cuando se desencaja bajando diatribas?

Es tiempo de aplanar la curva. No hay margen para profundizar la grieta. A todos nos pesa y duele mucho lo que pasa para soportar que te revoleen más fantasmas. Puede que haya lobbistas militando, pero también hay gente desesperada.

Alberto Fernández tiene que entender que ponerse en la fila del IFE con distanciamiento social no es para todos, qué hay millones de argentinos que no registra el radar de asistencialismo porque nunca tomaron ni esperaron nada del Estado, y que siempre vivieron apretados peleando el mango en la calle. Ellos también quieren salir. Son los profesionales independientes, pequeños comerciantes y emprendedores que ven disolverse sus pequeñas empresas y proyectos en cuestión de semanas mientras reparten lo que va a quedando de la caja entre empleado y allegados para ayudarlos a parar la olla hasta que escampe.

Son los que quieren salir en las condiciones que sea y no precisamente a dar vuelta a la manzana. Tienen más miedo a la tragedia económica que supone quedarse sin ingresos, sin trabajo, sin recurso alguno para sobrevivir que al mismísimo Covid 19.

Muchos ya flexibilizaron de hecho y por propia y temeraria decisión ganaron la calle sin esperar que permiso alguno les baje por DNU. No todos son lobbistas del neoliberalismo ni pastores mediáticos. Hay mucha gente común que no sabe dónde ponerse, que está aterrada frente a la incertidumbre.

No hace falta ser muy agudo para entender el estrecho desfiladero por el que hoy camina el Presidente. Tome la decisión que tome está destinado a pagar costos. Alberto Fernández lo tiene claro. Tal vez por esto abrió el juego de las responsabilidades.

La presentación de la nueva fase se hizo en tándem y se agradece. No hay espacio alguno para especulaciones políticas, roscas ni chiquitaje. El que elige gobernar asume desde el vamos el costo de sus decisiones. Se hace cargo de las victorias y de las derrotas, muy especialmente cuando el poder se ejerce de manera tan concentrada. Con el Parlamento en desordenado confinamiento y la Justicia de feria, el Ejecutivo corre, mal que le pese, con el debe y el haber.

La cuarta fase de la cuarentena nos encuentra enredados en nuevas razones y emociones.
Comienzan a producirse situaciones particulares. No todos quieren salir del confinamiento.
Por muy diversas razones no es poca la gente que prefiere quedarse adentro.

El aislamiento ha ido produciendo en las almas sensibles una suerte de acovachamiento. Son muchos los que empiezan a encariñarse con el encierro. La casa como nido, como útero, como un lugar protegido en el cual escapar del virus. Un sitio dónde aflojar con los protocolos. Sin barbijos, sin tanta lavandina ni alcohol en gel, sin rutinas.

Para los más pobres, incluso, el barrio es el refugio. Se empieza a sentir que se está mejor así, en la burbuja, entre los propios, fuera del ruido, de las tensiones de la calle, de la inseguridad, de las presiones laborales, de la amenaza de la enfermedad y la muerte.

Los expertos hablan del “síndrome de la cabaña”, un conjunto de síntomas que lejos de percibirse como algo enfermizo es vivido por muchos como la adaptación resignada a una nueva realidad.

Psicólogos y psiquiatras empiezan a advertir acerca de estos cuadros que podrían estar pre anunciando una tendencia a la agorafobia, la sensación aterradora frente al espacio exterior. Un preludio para muchos del temido “ataque de pánico”.

Pero no todos los casos son tan graves, ni dan cuenta de una patología psiquiátrica. Se empieza a registrar una reticencia de muchos por regresar a la calle, al trabajo, a la rutina diaria bajo el rigor de la “nueva normalidad”.

La cuarentena administrada, segmentada o como quieran llamarla nos saca de esta suerte de “arresto domiciliario” para devolvernos a un esquema de “salidas transitorias”, una especie de “libertad condicional” sin tobillera electrónica pero con guantes, cofias, camisolines y barbijos. Salir a trabajar será para muchos una verdadera pesadilla.

Según Axel Kicillof el 81% de los habitantes del explosivo conurbano bonaerense no quiere salir de la cuarentena. El Gobernador de la Pcia de Buenos Aires tampoco quiere que salgan. Los intendentes están abroquelados en esta decisión. Las condiciones de vulnerabilidad en la que viven millones de personas es los populosos distritos del tercer cordón ubica a una inmensa mayoría, muchos más allá de una discriminación etárea, en zona de riesgo en caso de contraer el virus. El sistema sanitario colapsaría frente a un aumento exponencial del número de contagios. El miedo no es zonzo.

Hay acuerdo en tomar riesgo para poner en marcha el aparato productivo. Pero del trabajo a casa y de casa al trabajo, sin escala. Nada de transporte público para los que se suman a la producción. Que cada empresa lleve y traiga a los suyos. Nada de salidas recreativas por el momento. Esto vale para las zonas más comprometidas de la provincia.

La salida segmentada y progresiva de la cuarentena enfrenta a enormes desafíos.
Con más gente a la calle aumenta la circulación viral comunitaria y por lo tanto, el riesgo de los más vulnerables. Los mayores de sesenta y adultos jóvenes con comorbilidades entran en una zona de exclusión de pronóstico y duración inciertas. Nadie puede asegurar con certeza por cuanto tiempo deberán permanecer aislados para poder sobrevivir a la pandemia. No necesariamente jubilados o gozando de magras asignaciones deberán sobrellevar la hibernación aislados y sin posibilidad alguna regresar al mundo del trabajo en el supuesto caso de que lo tengan.

La situación de los padres de niños pequeños también amenaza complicarse. Los que sean convocados a trabajar porque sus tareas se reabran tendrán que evaluar al cuidado de quién dejar los chicos. Sin abuelos disponibles ni personal de guarda alguna permitida, tendrán que hacer penosos malabares para sostener la situación. A las tareas domésticas se suma la docencia en casa que supone seguir el minuto a minuto de la currícula a distancia. El regreso a las aulas en un contexto de normalidad deberá esperar la llegada de la vacuna según el Ministro de Educación Nicolás Trotta.

Mientras vastas zonas del país no tienen casos o han descendido en la tasa de duplicación por sobre los 25 días, explotan situaciones inquietantes en las villas, geriátricos y centros de salud desequilibrando la situación en AMBA. Este viernes se conocieron sobre el filo de los anuncios números inquietantes del incremento de contagios.

La idea es que de aquí en más ya nada será igual. Tendremos que aprender a convivir con el virus. No queda otra.

Recurriendo a una alegoría propia de estos tiempos de pandemia podemos decir que el coronavirus encuentra a la economía de los argentinos padeciendo las fragilidades propias de un nonagenario hacinado en la 1-11-14.

Viviendo con la mínima. Inmunosuprimidos, aislados, vulnerables a más no poder. Sin mas futuro que sobrevivir en el día a día. Ni más proyecto que el corto plazo. Atrapados en la tragedia que nos supimos construir desde mucho antes de la aparición de estos flagelos globales. Muchos resignados en achatar la pirámide y nivelar hacia abajo para sobrevivir y otros tantos empeñados en resguardar los sueños postergados para el caso de que el sol vuelva a salir.


 

  • 10.05.2020
  • Sociedad - Política
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