DUDAS Y CERTEZAS

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La vida en el teléfono. Entre el cielo y el infierno

2018-04-02

Debo admitirlo, la relación con mi teléfono se está poniendo espesa. Tiende a consolidarse un vínculo de signo bipolar. Lo amo y lo odio con la misma apasionada intensidad. 
Lo necesito y lo detesto. Me da y me quita.  Fascinación y pavor. 

Solo es cuestión de entrar . Basta y sobra para extraviarse. La notificación de un mail suena y la pantalla se ilumina. Sin llegar a abrir la casilla estalla el whatsapp. Uno de ellos viene con link y me deriva con urgencia  a un portal.

Si algo no para, es el correr de las noticias. Quedo atrapada en un último momento de cabotaje cuando se despliega una solapa roja de alerta, una cadena internacional comunica un atentado en curso en algún país ya no tan remoto gracias a la WEB. Me trepo al Periscope tratando de ver si alguién ya está en vivo. Sobre el mapa global titilan puntos rojos que localizan a la gente que está emitiendo. Me sumerjo en lo instantáneo como si me hubiera teletransportado y estuviera en el lugar pero el viaje dura poco, poquísimo. Exactamente hasta el momento que suena el calendario recordandome que vence una tarjeta de crédito. Entro a la App del banco e intentó pagar, no quiero olvidarme. No lo logro. El servidor no responde, me pide reintente en unos minutos.

Aprovecho el instante para regresar a los mails pero me abruman las promociones que insiste en mandarme el banco. Paso esta seguidilla agobiante de ofertas a la categoría de spam temiendo quedar afuera de alguna comunicación importante. Lo suplico: no usen más mis datos para saturarme de propuestas,  solo quiero un banco, no necesito un personal shopper. Paren de fastidiar, pago en tiempo y forma mis comisiones.

Fatigada por las interrupciones retomo el tema de las noticias, hago una pasadita por Twitter para ver qué se dice del atentado. Error. Antes de llegar al buscador me atrapa un  Trending topic. Algo muy fuerte está ocurriendo con quién sabe quién. Huyo despavorida del microblogging tratando de saber que pasa con la noticia “en desarrollo”.  Voy al buscador de Google. En eso estoy cuando por el grupo de familia me llegan noticias de Roma. Una de mis hijas da cuenta de que en la ciudad eterna está nevando. Se suspendieron las clases en la Universidad. Me invita a solazarse con sus stories y allá voy felíz. 

Paso por Facebook. De mal en peor. Allí están a full con los cumpleaños. Vuelan globos de colores sobre la pantalla. Recuerdo que no cumplí con los míos. Tres amigos, un conocido y algún que otro allegado  esperan su mensajito o like. La culpa me puede y me sumo a los festejos.

Relajo un ratito entrando en Instagram, allí solo vuelan estrellas y papel picado. Y alguna que otra propuesta comercial, claro.  El recreo instagramero dura hasta que aparecen una fuente por Telegram. Me baja un expediente judicial. Utiliza la red supuestamente encriptada. Material embargado. 

Apenas ha amanecido y ya estoy atrapada, tengo que ponerme a escribir. Cortar con los micromomentos y concentrarme en mi texto. 

Docs Google fluye en mi smartphone. Escribir con un dedo sobre el dispositivo móvil me encanta. Puedo atrapar las ideas que fluyen a tontas y a locas en cualquier momento del día o de la noche. Si una frase, de las que aparecen en el entresueño, me despierta en la madrugada solo es cuestión de entrar al cuadradito azul y anotar. No necesito ni encender la luz, basta manotear mi celu para capturar esa idea que se escurre de mi memoria con solo pestañear para seguir durmiendo. Luego la seguiré en la compu, ya haciendo uso de los diez dedos que para escribir  a toda velocidad en el teclado de mi PC Dios me dió.

Los nativos digitales parecen llevarse bien con el multitasking, esa fragmentación enloquecida de las funciones cognitivas con las que suponen poder hacer dos o tres cosas al mismo tiempo sin perder profundidad. No es mi caso. Soy muy techie y estoy despojada de prejuicios  pero mi condición de pre-digital me coloca en una zona de vulnerabilidad.  Solo puedo hacer una cosa a la vez si la pretendo intensa.  Admito mis limitaciones. Sobre la media mañana ya la cabeza me quema.

Párrafo aparte  para el whatsapp, la mensajería de texto que comenzó siendo una plataforma maravillosa de comunicación y que hoy amenaza con cocinarte las neuronas. Considerando que  corre sobre nuestra línea telefónica su carácter invasivo juega al límite. 

A los grupos de whatsapp que degeneran apartándose del objetivo por el que fueron abiertos, sin respetar códigos ni huso horario alguno,  se suman los descontrolados que se engolosina compartiendo contenidos que nadie solicita,  usan la mensajería a modo de red social para subir, videítos, memes, poesía de sobrecitos de azúcar y otras encantadoras menudencias. No solo se meten sin permiso alguno en el último reducto de pretendida privacidad sino que, cuando te meten en un grupo difunden tu celular al resto del mundo. 

 A esta altura de tan  frenética interactividad corresponde pedir un poco de piedad. Sobra lugar en las redes sociales propiamente dichas para  compartir con Dios y María Santísima todo lo que nos pasa por la cabeza, la panza o  la entrepierna. Se puede hacerlo sin invadir, igual llega.

Por si alguno no lo sabe basta recordar que Whatsapp es de Facebook y que algunas de las más pesadas redes de pedofilia lo han hecho su lugar en el mundo y por esta razón han sido descubiertas y desbaratadas. 

Dicen que la “singularidad”, ese momento de la historia de la humanidad en que las computadoras estarán a la par de la mente humana y nuestros cuerpos se integren a las máquinas, llegará en 2029. Entiendo que el proceso se está acelerando. 

El smartphone es ya hoy una prolongación de nuestro cuerpo.  Un órgano vital que comanda buena parte de nuestra vida. Por su entramado de conectividad corren nuestra razones y nuestras emociones. Un ducto que sube nuestra memoria a la nube y que si nos envuelve en su trama de adicción puede modificar la química de nuestras neuronas. 

La neurociencia investiga y trata la adicción al uso de los teléfonos móviles partiendo de la exploración de los desequilibrios químicos cerebrales, utilizando espectroscopías de resonancia magnética con el objeto de medir las alteraciones que inhabilitan o ralentizan las señales cerebrales y influyen en los cuadros de depresión, ansiedad e insomnio severo.
La “nomofobia”, adicción al uso del celular ( No Mobile Phone) ya se trata en los centros especializados del mundo  con protocolos similares a los que se aplican a quienes dependen de sustancias químicas y drogas ilegales.  En el caso de Corea, China y Japón el tratamiento de este síndrome es ya materia de los organismos de salud pública.

El escándalo que afecta a facebook nos obliga a repensar nuestra relación con todo lo digital. Los dispositivos, plataformas y aplicaciones son parte de nuestra vida diaria  y llegaron para quedarse. No solo nuestra privacidad y libertad en la toma de decisiones
están en juego. La manera en que nos relacionamos con los dispositivos incide de manera creciente en nuestra salud física y nuestro aparato psíquico.

Cómo en las relaciones humanas que dan sentido  a nuestra existencia, el teléfono me resulta imprescindible, no puedo ni quiero ya funcionar sin él. Lo necesito. 
Desde el celu, hago las compras del supermercado, pago mis cuentas, escucho radio y miro tele, consultar el tiempo, organizo mi agenda, compro pasajes aéreos y pido taxis, organizo el próximo viaje, escucho música y hago todas mis anotaciones, por texto o audio. También grabo y desgrabo info.  De tanto en tanto me cuelgo con una serie.
 
Pero llegó el momento de poner límites,  de administrar su uso, de tomar lo que me da y evitar lo que me quita, lo que me intoxica. 

Apagarlo, imposible. Tengo hijos girando por el mundo y cuestiones de trabajo que me requieren sin franja horaria. La excusa es irrefutable y politicamente correcta pero soluciona la cuestión de fondo: mi adicción al celular.

Lo he intentado todo con poco suceso. Tengo una tableta sin chip a la que no bajé ninguna apps interactiva. Solo la uso para leer textos previamente bajados cuando no quiero ser interrumpida.  También experimento estableciendo franjas horarias de separación física. La abstinencia se sufre, pero como con otras adicción cuando lo extraño respiro hondo y cuento hasta cien. No siempre llego. Cuando manejo evito tenerlo en el tablero, salvo que necesite de waze. O sea casi nunca. Ahora me entero que hay que poner la pantalla en blanco y negro ayuda,  probaré,  pero el magnetismo del dispositivo vuelve por mí y me recaptura.
 
Algo tengo que hacer con esto antes que el endemoniado aparatito me cocine las neuronas.

  • 02.04.2018
  • Sociedad
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