DUDAS Y CERTEZAS

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La política en los tiempos de la Big Data.

2019-02-23

Votar para que se vaya Macri o para que no vuelva Cristina. Ese parece ser el estrecho menú de opciones electorales con el que contamos hoy. Votar en contra. No mucho más.

El oficialismo está en plan “llegar”; el resto, con sus matices, en modo “desalojar, sacar”. Hablamos del poder, de eso se trata. Quedarse en el poder o volver al poder. No mucho más.
En todos los discursos, en todas las exposiciones, los principales referentes del drama que es la política argentina nos conducen al mismo oscuro callejón. Esta es la tragedia.

La oposición propone sacar a Macri y a todos los suyos. Borrarlos del mapa político, que desaparezcan para siempre. En ningún caso hay posibilidad de intercambio de idea alguna, de debate alguno. Se está a favor o en contra. Los más extremos perciben al equipo gobernante como una suerte de eje del mal; los más piadosos, como un staff de diletantes soberbios e ineficientes. En orden a conseguirlo se disponen a limar cualquier diferencia. Algunos corrimientos de estos días suenan desopilantes e impensables unos meses atrás.

El Presidente no logró remover el prejuicio de que gobierna para los ricos. Muy por el contrario, todas sus políticas dejaron como saldo el convencimiento de que esa es la idea del núcleo duro gobernante, cada día más encerrado sobre sí mismo y autorreferencial. La comunicación falló desde el vamos y sigue fallando. El presidente habla pero no penetra.

La falta de respuesta a los problemas más apremiantes y el deterioro de todas las variables que cambian la calidad de vida, produce una creciente sensación de fastidio y malestar.
Los sostenidos recursos que bajaron a los sectores más vulnerables, manteniendo planes y asignaciones, justificaron los demoledores costos económicos del gradualismo pero, casi de manera perversa, profundizaron la percepción de indiferencia y abandono que cala hoy los huesos de la sufrida clase media laburante, pequeños empresarios y emprendedores que acompañó el cambio ilusionada por las promesas PRO y que hoy hace esfuerzos indecibles para no caer de la línea que separa el eterno purgatorio al que parecemos ya resignados los argentinos del infierno tan temido.

Desde Hanoi, el mismísimo Presidente fortalece la polarización. Preguntado acerca de lo que se pone en juego en el año electoral, no vacila: “se juega si queremos volver al pasado, aislarnos del mundo, volver a un sistema más autoritario y con menos libertades...acá hay un modelo de desarrollo que ha empezado a dar sus primeros pasos”. También asegura que la inflación irá bajando y que el dólar se mantendrá estable, justo en una semana en la que todo pareció nuevamente volver al tembladeral.

No todo es culpa de Macri y sus asesores electorales que alimentan engolosinados las escena bipolar que nos retrotrae al 2015.

El peronismo sigue atrapado en la pegajosa telaraña K. Alternativa Federal no la tiene fácil a la hora de definir un candidato que logre motivar al 58% del electorado que no encuentra dónde ponerse y que, según ellos mismos sostienen, en ningún caso dará su voto ni a Macri ni a CFK.
Consultados acerca de cómo van esas gestiones los principales referentes le piden tiempo al tiempo. Apelan al dicho popular de que “andando se acomodan los melones”. Desde el Frente Renovador el empeño está puesto en encontrar “el candidato que garantice el triunfo”. Para decirlo en criollo y que se entienda, esperar a ver quién es el que mejor mide llegado el otoño
Los más dedicados sostienen que el espacio se consolida como opción pero los tiempos se dilatan y las diferencias internas trascienden. Lavagna no termina de oficializar su intención de presentarse y tanto Massa como Urtubey insisten en dirimir las diferencias en una interna. El ex Ministro de Economía no quiere saber nada con las PASO, es el único de todo el espectro que retiene prestigio a pesar de no estar especialmente arriba en el conocimiento público y solo se sube si hay consenso y clamor.

La idea de salir con el medio mundo a atrapar a los votantes K que tiene muy ocupados a los referentes del espacio identificados con el FR, mete ruido y confusión.

Sergio Massa, hiperactivo, está pagando con una acelerada caída de su imagen estos empeños. Según los últimos datos de la consultora Synopsys solo Daniel Scioli lo supera en el derrape. Con una imagen positiva de sólo el 14,2 % y una negativa del 55,4%, el diferencial lo ubica hoy en el peor de los lugares. Es probable que el trascendido de un pretendida fórmula Martín Insaurralde-Malena Massa para la Pcia de Bs As no lo ayude a remontar. Desde el Frente Renovador salieron de inmediato a desmentir de manera rotunda esa especie que atribuyen a una afiebrada mente K.

Hay quienes también sueñan con llegar a un balotaje en el que tengan que medirse dos expresiones del PJ para dirimir en una batalla final las irreconciliables diferencias. Hoy es una posibilidad más que remota pero en la Argentina del nuevo milenio todo es posible.

Si bien son muchos los electores que quisieran disponer de un candidato que los ayude a esquivar el fatídico escenario que ya conocimos y sufrimos en 2015, todo lleva a casi todos a atrincherarse en la grieta. Son muchas las razones que colaboran para seguir atrapados en esta trampa que anquilosa las posiciones.

La mala gestión del gobierno, muy especialmente en el plano económico, el debilitamiento de la identidades partidarias, la impotencia de la clase política por ofrecer algo nuevo y mejor y, desde ya la forma en que se maneja y circula la información, refuerzan la tendencia a asumir posiciones electorales, políticas e ideológicas como quien firma un contrato de adhesión.
Los algoritmos trabajan a destajo distribuyendo desde las distintas plataformas con las que jugueteamos a diario, datos e información personalizada que consolida eso que hemos dado en llamar “el sesgo de confirmación”. A una velocidad nunca conocida hasta aquí, nos editan el mundo y deciden que información entra en nuestra conciencia. Vamos quedando encerrados en lo que el activista de internet Eli Pariser llama el “filtro burbuja”, una expresión da nombre a su libro y que alude al aislamiento ideológico al que nos condenan las muy glamorosas y confortables búsquedas personalizadas que nos son ofrecidas a reiteración y que atestan nuestros dispositivos con productos, servicios e ideología a la medida de nuestros preconceptos.

Un microcosmos informativo en el que solo quedamos expuestos a recibir noticias que convaliden nuestros prejuicios y convencimientos y nos provean de argumentos para ver sólo lo que queremos ver y entender, y a permanecer apoltronados en ese espacio de confort que siempre supone estar tribalizado. Es una marca de época.

Estamos entrando en la primera campaña presidencial en la que los estrategas electorales cuentan con los apabullantes volúmenes de info que aporta la Big Data, sino también con herramientas de análisis que hacen posible decodificar en minutos las necesidades, deseos y urgencias de todos y cada uno de los votantes con precisión aritmética.

Nunca la política dispuso de tanto arsenal para saber cómo y a quién llegar y con qué tipo de mensaje. También hay que tener claro que más allá de los infinitos beneficios de la información ajustada que se obtiene del escaneo de los perfiles en bancos de datos y redes sociales, las nuevas tecnologías de comunicación tienen la capacidad de instalar y viralizar en segundos, no solo “fake news” y campañas sucias, sino que potencian hasta la exasperación el más mínimo traspié discursivo de que asomen en el espacio público. La desinformación en el eje de todas las amenazas.

En este mundo Volátil, Incierto, Complejo y Ambiguo (VICA) en el que todos intentamos hacer pie, hay algo que la IA, inteligencia artificial, no ha logrado aún proveer a la dirigencia política. Es la capacidad de generar y retener confianza, credibilidad y respeto, insumos absolutamente básicos para hacerse del poder y ejercerlo en beneficio de las mayorías.

  • 23.02.2019
  • Sociedad - Política
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