DUDAS Y CERTEZAS

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La otra deuda.

2019-09-28

La pequeña Greta clavó un alarido en la agenda planetaria. Con una intensidad perturbadora irrumpió en la Asamblea de los que gobiernan el destino de todos para exponer su reclamo. Consiguió que el mundo la mire y registre la principal angustia de su target generacional a nivel global.

El pensador israelí Yuval Noah Harari, profeta del dataísmo, sostiene que los tres temas que amenazan a la humanidad son el cambio climático, la disrupción tecnológica y la amenaza nuclear. Ninguna de estas cuestiones está en nuestra agenda de campaña.

Atrapados en la emergencia seguimos embretados en discusiones relacionadas con lo apremiante y, en muchos casos, con la ramplonería. No logramos registrar que el mundo en que vivimos está asistiendo a un cambio de época que ya nos alcanzó con su desafío.

“Esto está mal. Yo no debería estar aquí. Uds vienen a nosotros, a los jóvenes, por esperanza ¿cómo se atreven? Han robado mis sueños, mi niñez con palabras vacías (...) la gente está sufriendo, está muriendo, el ecosistema está colapsado.”

Las palabras de la precoz lideresa del ecologismo, relacionadas con el calentamiento global y sus apocalípticas consecuencias, bien podrían extrapolarse a la dramática situación de nuestros jóvenes y niños acorralados en un país que no logra proponerles oportunidad ni esperanza de proyecto de vida alguno.

Nuestras urgencias nos impiden salir de los temas recurrentes: la pobreza, la inflación, la marginalidad, la falta de trabajo, el inseguridad fogoneada por el narcotráfico y el narcomenudeo como rápida salida laboral para familias enteras.

Esa es la realidad de nuestro chicos: la que alimenta las colas de la 1-11-14 para hacerse de una dosis de droga de mala calidad que permita rapiñar unos pesos mal habidos o huir, al menos por un rato, de esta tragedia. A modo de contracara: las largas filas de jóvenes frente a los consulados para habilitar la salida de emergencia que siempre conduce a Ezeiza.

Mientras los mayores enfrentamos la devastación de una nueva crisis económica y social con las ya obsoletas herramientas de la experiencia apolillada, los chicos, nuestro chicos, están pensando en irse, en escapar: algunos del país, otros de la realidad.

Mucho más allá de la grieta que nos desgarra en un debate ideológico que huele a pasado, y que tramita en redes y medios, vivimos atravesados por una brecha que nos parte al medio.

Los últimos datos oficiales, que no incluyen las consecuencias de la devaluación post PASO, hablan de 6,5 millones de niños y niñas viviendo en condición de pobreza monetaria y un millón de pequeños chapaleando a duras penas en la indigencia.

Algo más del 20% de los niños se encuentran en condiciones de pobreza estructural. Una situación de la que es muy difícil salir, con condiciones básicas insatisfechas que se consolidan.

Según Ianina Tuñón, del Observatorio de la Deuda Social Argentina de la UCA, en 2017 se disparó en un 14 % el porcentaje de chicos que se encuentran en riesgo alimentario. Un dato que se profundiza en los últimos meses y que se traduce en una fuerte presión en reclamo sobre los comedores comunitarios. Un 7% de los padres reconoce hoy que no tienen recursos para dar algo de cenar a sus hijos.

Según el Barómetro de la Universidad Católica, el 64% de los chicos argentinos tiene al menos un derecho vulnerado.

Esa es la otra deuda. La cara más penosa de nuestro fracaso. De las cifras del INDEC que se conocerán el próximo lunes solo podemos esperar que profundicen este escenario desolador.

Lo que resta de la otra mitad, la de los chicos que hemos logrado alimentar y educar, aquellos a los que hemos preparado para vivir en un mundo inexorablemente globalizado, nos interpelan desde el desconcierto mientras tramitan con desesperación pasaportes y visas.

Atentos como estamos a la fuga de dólares y divisas, estamos perdiendo de vista la fuga de nuestros chicos.

¿Con qué argumentos podemos disuadirlos?, Es la pregunta que hoy desvela a miles de padres que ven vaciarse el nido, el país y el alma al mismo tiempo. ¿Cómo convencerlos de que se queden a librar la batalla por la construcción de una país de iguales que nosotros hemos perdido una y otra vez?

Esta es la verdadera deuda. Es una deuda interna pesada y penosa. La que más duele y que no queda claro cómo vamos a reperfilar. La deuda con nuestros hijos, los hijos de esta tierra la deuda pendiente para con todos ellos. Los que lidian a diario con la falta de todo y con los que, al mismo tiempo y en el mismo lugar, disponiendo de lo necesario para sobrevivir, no saben qué hacer con la falta de futuro y la desesperanza.

En su doble y particular carácter de candidato del Frente de Todos y virtual presidente electo Alberto Fernández habló esta semana en la Fundación Mediterránea del problema de la deuda externa. Lo hizo poco después de que el FMI dejara trascender que el acuerdo con la Argentina está caído y que no habrá desembolso de los esperados U$D 5400 millones está suspendido hasta nuevo aviso.

Alberto dijo que hay que pensar en un reperfilamiento “a la uruguaya”. Muchos creyeron entender que se trató de una firme propuesta de campaña. Y hay quienes, incluso, han empezado a reclaman que se complete esta idea con posibles medidas de ajuste fiscal como las que tuvo que implementar Uruguay en su momento para dar certidumbre a sus intenciones.

Desde el bunker de Fernández echan frío a estas interpretaciones. Lo único que Alberto está planteando es un método de negociación para extender los plazos de pago en orden en ganar tiempo para poder crecer, dicen. Una tregua para arrancar, pacto social mediante.
Solo eso y nada más que eso. Descartan de manera rotunda que se hayan habilitado negociaciones con los fondos de inversión. No hay nada, absolutamente nada más que lo que fue público. No se trabaja en nada que no se conozca. No somos gobierno todavía, aclaran.

Los dichos de David Lipton, delegado del Tesoro en el FMI, causaron escalofrío. En sus declaraciones periodísticas a Bloomberg caracterizó la situación económica de la Argentina como compleja y dijo que cualquier decisión está atada a la incertidumbre política que atraviesa el país.

En el Norte se teme un regreso del kirchnerismo es su forma más radicalizada. No creen la versión de un peronismo unido en la moderación y de una Cristina en retirada. Despejar estas dudas no parece posible por el momento.

En la calle México no se hacen cargo de los exabruptos de los radicalizados, de los Dady Brieva, de los Horacio González, de los Giardinelli. No se los reconoce como parte del dispositivo político del Frente de Todos. Tampoco salen públicamente a confrontarlos: Ni los Albertistas ni la primera fila del Instituto Patria en la que lidera Máximo Kirchner y Wado de Pedro. Habrá que convivir con esta desazón.

Bajo esta impronta comenzó la campaña. Un tiempo extraño en la que un Presidente en ejercicio sobrelleva la adversidad en la que el resultado de las PASO lo dejó y un candidato al que el círculo rojo ya percibe y trata como futuro presidente en la virtualidad. Los puentes entre ambos son por el momento demasiado frágiles.

Es urgente salir del brete de los relatos maniqueístas, del facilismo de los dogmas.
La realidad es demasiado compleja. La vida no es necesariamente bella. Alguien tiene que ceder.

Construir espacios de diálogo y encuentro, alcanzar consensos y reconstruir confianza es indispensable. Eso lleva tiempo, mucho tiempo.

Tiempo para hacer crecer la economía pero también para recuperar la esperanza de que un país con todos adentro es todavía posible.

  • 28.09.2019
  • Sociedad - Política
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