DUDAS Y CERTEZAS

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La mecha es corta.

2019-10-12

El país nos duele. Dónde tocás arde, supura, avergüenza.

El hambre duele. El hambre, como el dolor físico, es una experiencia intransferible . Quién no ha pasado por ella difícilmente logre comprender de qué se trata. Algo parecido ocurre con la vulnerabilidad económica. El no tener garantizado lo mínimo en el día a día sumerge a quien la padece en un estado de indefensión, de fragilidad física y emocional. Es un sentimiento detersivo y arrasador.

Matar el hambre no es combatir la pobreza. Tampoco es atacar la desnutrición. El hambre urge porque tiene que ver con lo más básico de la condición humana. Es una de las formas más denigrantes del dolor.

Asistir en la emergencia al que no tiene un plato de comida tiene que ver con lo humanitario. No todos los que están en condiciones de pobreza pueden decir que padecen hambre en el sentido estrictamente literal de la expresión, pero la mayor parte de los argentinos que ha caído bajo la línea registra algún grado de daño relacionado con la mala o escasa alimentación.
Un dato que puede resultar contradictorio pero que está alineado con las dificultades del momento es que el 41% de los chicos de entre 5 y 17 años padece sobrepeso u obesidad.

Basta revisar el contenido de las canastas de alimentos que entran en el cálculo de las mediciones, o ponderar los productos que se incluyen en los listados de precios cuidados o esenciales, para advertir el exceso de carbohidratos y envasados en relación a productos frescos o proteínas de calidad.

En esos tiempos de campaña electoral y urgencias alimentaria vale recordar que aplacar el hambre no significa necesariamente cerrarle el paso a la pobreza. La pobreza se baja con crecimiento económico y políticas redistributivas de lo que se produce. Es esta una verdad incontrastable.

La pobreza histórica en la argentina tiene un piso difícil de perforar del 25 %. La teoría del derrame no alcanza. El crecimiento es una condición necesaria pero no suficiente. Se impone generar políticas públicas redistributivas.

La foto del momento es devastadora. La herencia social que recibirá el nuevo gobierno no puede ser más dramática.

Los datos oficiales medidos por el INDEC estará ubicando a un 40% de los argentinos por debajo de la línea de pobreza. Muchos de los incluídos en esta estadística tienen trabajo regular en blanco. Son los nuevos pobres, los que se cayeron. Pasaron a esa situación como consecuencia de la estampida inflacionaria que afecta muy especialmente el precio de los alimentos. Hacerse de los recursos monetarios para comprar lo más básico se ha convertido para ellos en un desafío diario.

La pobreza crónica también existe y alcanza al 10 por ciento de los hogares. Son los más vulnerables entre los vulnerables. Tienen escasísimas posibilidades de escapar al círculo vicioso. Constituyen el núcleo duro estructural cuya situación tiende a reproducirse de forma intergeneracional. Para ellos no hay casi chance alguna de “salir de pobres”. 

Es mentira que los muy pobres no trabajan. Los datos constatados por CIPPEC indican que el 95% de los varones adultos de la franja más sumergida trabaja. Se la rebuscan en un mercado absolutamente informal y precarizado. El 35% no tiene empleo fijo ni derecho laboral alguno garantizado, pero se empeñan en salir a buscar el peso.

En el caso de las mujeres, la dificultad económica es aún más profunda. La posibilidad de trabajar de manera remunerada se reduce absolutamente. Menos de la mitad de las mujeres que se encuentran en esta franja accede al mercado de trabajo aún en sus formas más precarias. Las mayores tasas de pobreza están en los hogares monoparentales y el 80% de las familias monoparentales quedan en manos de mujeres. La dificultad para delegar las tareas de cuidados de niños y ancianos las deja encerradas en un círculo casi imposible de romper.
De la feminización de la pobreza a la pobreza ensañada con la niñez.

El 50% de las personas atrapadas en la pobreza crónica vive en el conurbano. Los hogares que se encuentra en esta situación son mas grandes. En general tienen más de seis miembros de los cuales 2,5 son menores de 12.

El 14 % de los nacimientos que se producen en el país son de adolescentes de entre 10 y 19 años. El 70% de esas gestaciones son no intencionales. Cada año nacen 2500 bebés de niñas menores de 15 años. Muchas de estas gestaciones son consecuencia de violaciones y abuso intrafamiliar. Nenas que tienen hijos con padrastros, padres y abuelos.

La situación de los niños, niñas y adolescentes es desgarradora. Un millón y medio de chicos no alcanzan a llenar la panza a diario. El 52,6% de los argentinos menores de 14 años es pobre, el 13,1 de los chicos chapalea en la indigencia. A estos últimos no le llega ni siquiera lo más básico en materia de alimentos. Una deuda que urge, que no puede ni debe reperfilarse. Unicef convoca a los candidatos a concentrarse en estos datos.

La educación es clave. Los años de acceso a formación promedio de jóvenes en situación vulnerable alcanzan a 5,7, alrededor de 10 menos que los que están en hogares no vulnerables.

La brecha en educación es definitoria, pesa casi tanto como la alimentaria porque reproduce y garantiza la desigualdad de largo plazo. Uno de cada dos chicos que ingresan al nivel secundario no terminan en tiempo y forma este ciclo. Sin secundaria completa no hay futuro para ellos. Hay 500.000 adolescentes fuera de la escuela. Son carne de cañón de las organizaciones delictivas y la droga.

No es fácil “salir de pobre”. No se es genéticamente pobre, se cae a una situación de pobreza. La pobreza estructural tiene acorraladas a casi 2.000.000 de personas. Para esta franja no hay revancha alguna. En su mayoría son niños.

La AUH es un piso de ingreso que resulta insuficiente. La inflación se devora minuto a minuto la eficacia de este recurso. Hoy cubre menos del 65% de canasta básica alimentaria.

Otro dato alarmante indica que en las últimas décadas se triplicó la tasa de suicidios en adolescentes. Es la segunda causa de muerte evitable entre los jóvenes. De eso no se habla.
Este es el estado de situación social que recibirá el nuevo gobierno. De acuerdo a un ejercicio de simulación hecho por CIPPEC con un crecimiento del PBI per cápita de 1% la pobreza caería al 27% en cinco años, a 24,5% en 10 años y a 20% en 20 años.

Con una tasa de crecimiento el orden del 5% anual sostenida, algo impensable en las actuales condiciones de la economía, la pobreza podría caer bajar al 20% recién en 2023 siempre partiendo del 30% registrado en 2018. Claro que ya estamos en 2019 y la situación empeoró sensiblemente este año.

“Nosotros arrancamos bajando la inflación, que es la principal causa de la pobreza. Logramos bajar la pobreza, pero al final volvimos al mismo lugar y un poquito peor”, dijo el Presidente y candidato un ratito antes de reclamar un gran acuerdo que incluya un espacio amplio de la dirigencia política. Justamente lo que muchos de los suyos le venían pidiendo y que él prefirió desoír.

La idea es que “ahora viene el crecimiento, el empleo, la mejora del salario, ahora va a mejorar el bolsillo y el fin de mes”. Se trata de propuestas para un segundo mandato, no de medidas de gobierno. Cuesta entender porqué recién ahora. Tarde para lágrimas.

Macri reedita el Teorema de Baglini pero al revés. En este caso, cuando más lejos de la posibilidad de ejercer el poder, más generosa es la promesa electoral. Sigue cazando en el zoológico. Ahora asegura que va a “resolver el tema económico”. El discurso suena un tanto extraño en el contexto de una crisis vertiginosa que va llevándose todo puesto en cuestión de semanas.

Macri quiere más tiempo. Alberto pide paciencia.

Quien quiera sea el elegido no la tendrá fácil. No hay plazo de gracia, ni luna de miel en este contexto. Menos aún cuando con ambos ya han sido parte del poder.

A dos semanas de las elecciones la calle se recalienta. Las organizaciones sociales no alineadas con el kirchnerismo ocupan el espacio público y van por más. Los “cayetanos” se replegaron pero aguardan pronta respuesta a la presión de sus bases.

Juan Grabois promete a Fernández cien días de tregua mientras advierte que recién en la cancha se ven los pingos. Cumple en recordar que “la mecha es corta”. A buen entendedor, pocas palabras.

  • 12.10.2019
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