DUDAS Y CERTEZAS

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La bolsa o la vida.

2020-04-18

Kristalina Giorgieva no pudo ser más explícita: “La Argentina es un paciente con coronavirus de alto riesgo”. La directora general del FMI expuso ante el mundo nuestras dolencias preexistentes y comorbilidades. Una historia clínica de la economía que, como país, nos arroja al tiempo de la pandemia inmunosuprimidos y exhaustos.

Con datos de la UCA que ubican en el pasado enero al 37,5% de la población bajo la línea de pobreza multidimensional, el 21% atrapada en pobreza estructural, y más de la mitad de los niños y niñas en situación de vulnerabilidad, es muy difícil pensar en cerrarle el paso al virus sin caer en la debacle económica.

El tsunami del virus devastador nos encuentra debilitados, sin recurso ni anticuerpo alguno. Eso explica los desesperantes datos del momento. Millones de argentinos ven a diario comprometida su subsistencia cuando no ha pasado ni siquiera un mes desde el comienzo de la encerrona colectiva.

Sin lograr controlar la inflación ni el gasto público, endeudados, con el sistema previsional entregando haberes paupérrimos y al borde del colapso, un 40% de trabajo en negro y resistiendo, quien sabe porque oscuras razones la bancarización y digitalización de los todos los procesos, será difícil relajar el encierro sin correr aún más riesgo.

El Covid 19 nos alcanza cuando seguimos obligados a prácticas ya obsoletas. Apremiados por la urgencia de salir a pagar servicios o buscar efectivo en ventanillas y cajeros, alimentando al coronavirus con colas eternas para trámites que en todo el mundo ya se ejecutan vía web, la cosa se vuelve peligrosamente complicada.

La gente de los sectores más vulnerables se agolpa en merenderos y comedores. Hacen cuarentena barrial porque no disponen de un techo digno en el cual resguardarse. Muchos carecen de cloacas y agua potable. De lavandina o alcohol en gel, ni hablar. Esperan su ración del día: un plato de comida. Están dentro del radar del asistencialismo y saben que, puede que poco, apenas lo imprescindible, pero necesariamente algo les llegará para llenar la panza, para tirar un día más. Las redes sociales que vienen tejiendo organizaciones sociales, iglesias y ONG también hacen su parte, hoy más activas que nunca.

Cuentapropistas, monotributistas y pequeños emprendedores desesperan. Los carcome la incertidumbre. Son pocos los que disponen de resto para pasar un bimestre encapsulados. Necesitan regresar a la actividad en cualquiera de sus formas. Están quemando lo poco que tienen ahorrado. Así estamos.

Pymes y pequeñas empresas temen desaparecer si la inactividad se prolonga. Sin ingreso alguno, no encuentran manera de pagar sueldos ni sostener el capital del trabajo. La surfean en el desasosiego.

Los gremios negocian con las patronales rebajas salariales, suspensiones controladas y adelantos de vacaciones a cambio de que no haya despidos. La destrucción lisa y llana de puestos de trabajo es el peor de los fantasmas. Si las empresas se concursan o quiebran no hay reconstrucción de la economía posible.

La reapertura administrada, por distritos o por recortes etáreos es el desafío de la hora.
Los riesgos frente a un mínimo error inconmensurables. Basta mirar hacia el norte. Basta contar los muertos y revisar la imágenes que replican las pantallas en las economías más poderosas del planeta.

Los intendentes de los populosos partidos del conurbano coinciden en algo: Hay que mantener la cuarentena de manera estricta, nada de relajar . Son absolutamente crudos para describir la situación. Si el coronavirus entra en los barrios la situación se tornará inmanejable.

“Hay que poner candado del lado de afuera de cada casa”, sostiene Juanchi Zabaleta. El intendente de Hurlingham es contundente: “Mi única morgue tiene cuatro bandejas”.

Zabaleta, quien ya anunció la compra de cien bolsas para muertos por coronavirus, dice haber alquilado también un camión frigorífico para el caso de que la cuestión se descontrole.

El Intendente se cura en salud. Con postas sanitarias distribuidas en los barrios más humildes, y al menos por el momento, la situación social bajo control, asegura que de producirse desbordes estos no serán en los supermercados sino en los pasillos de los hospitales si los recursos resultan insuficientes para atender a los que se enfermen.

El descontrol en guardias y salas de emergencia hospitalaria es el fantasma más temido.
El refuerzo en materia de seguridad y la decisión de triplicar el número de gendarmes en las zonas más sensibles tiene que ver con estos escenarios que aterran a los jefes comunales.

Gustavo Posse, coincide con sostener de manera estricta y prolongada el confinamiento. “El corredor norte necesita la cuarentena”. Con un 85% de su población en los sectores de ingresos medios, San Isidro es un distrito muy sensible.

Según el Intendente de San Isidro, solo el prolijo seguimiento a los 5700 vecinos de su distrito que llegaron del exterior permitió contener un contagio masivo. Mientras manda a rastrear la demanda oculta de ayuda alimentaria, que crece día a día y que está focalizada en quienes siempre vivieron de su trabajo, nunca demandaron ayuda del Estado y hoy están imposibilitados de generar ingresos, Posse pide mirar con especial atención la transversalidad entre los centros de salud.

El flujo de trabajadores que van de uno a otro centro hospitalario sin protocolos específicos aumenta los riesgos de contagios masivos en el personal médico y de enfermería.

Este jueves, cuatro centros asistenciales de la región AMBA tuvieron que dejar en cuarentena a decenas de profesionales que se contagiaron en el ejercicio de sus tareas. En orden a prevenir este riesgo, Posse ordenó el cierre de acceso a geriátricos de personal que trabaje en otros centros.

Con la recaudación municipal en caída libre, de entre el 50 y el 60% en el mejor de los casos, los intendentes del conurbano cierran filas. Nada quieren saber de aperturas y flexibilizaciones. Muy por el contrario piden ser especialmente estrictos en countries y barrios cerrados en lo que al ingreso de personal doméstico y de mantenimiento se refiere. Nada de exportar la circulación del virus a otras comunidades más frágiles y por ahora protegidas.

Alberto Fernández parece no tener miedo personal alguno al coronavirus. La pandemia revistió la figura presidencial de un halo de pretendida inmunidad política. Se muestra sin barbijo dentro y fuera de Olivos. Si bien teletrabaja usando todas las plataformas digitales disponibles no le quita el cuerpo a visitas, encuentros y recorridas presenciales. La necesaria concentración de las decisiones en su persona lo muestra firme y empoderado. El peso de la responsabilidad ante la tragedia parece sentarle bien. Su imagen frente a la opinión pública crece, pero aún este dato que hoy lo favorece es absolutamente inestable.

De tanto en tanto el Presidente pierde la templanza, como si fuerzas superiores lo hubieran abducido para llevarlo a una zona de riesgosa irracionalidad, pero, al menos hasta ahora, algo lo hace regresar a su eje. Nada genera más desconcierto que ver a AF arrastrado por discursos de sesgo ideologizado, fustigando desde el púlpito a los enemigos de siempre, militando peligrosamente la grieta.

“No estamos aquí para dejar caer empresas ni argentinos sin trabajo”, dijo esta semana retomando un discurso compasivo y de moderación. Se agradece. De frente a la gravedad de la amenaza pandémica no hay relato que aguante.

Los discursos maniqueístas o ideologizados sucumben ante la cruda realidad. Nos necesitamos entre todos.A la dirigencia de este tiempo se le quemaron todos los manuales.

Nunca nadie, ninguno de nosotros tuvo que lidiar con una amenaza de este tipo. Todo es demasiado nuevo y desconocido como para dejarse estar.

  • 18.04.2020
  • Sociedad - Política
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