DUDAS Y CERTEZAS

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Entre la Pandemia y el Default.

2020-03-14

Una cosa es entrar en “cuarentena” y otra optar por el “aislamiento social”. La primera es una obligación, un deber. La segunda un derecho. Una cosa es cuidar a los demás y otra protegerse a uno mismo resguardando al mismo tiempo a los otros. Trabajar entre todos en un “control de daños”. Cerrarle el paso al virus letal.

Tampoco es lo mismo un caso “autóctono” que un “no importado”. No se trata solo de una cuestión semántica sino de la calificación precisa que impone un cambio rotundo en los protocolos sanitarios de los que intentan meter en caja el avance feroz del coronavirus.

Mientras los “no importados” se contagiaron por la vía de un “contacto estrecho”, los “autóctonos” evidencian que la epidemia ya tiene circulación local y obligan a un cambio de estrategias. Se pasa a otra fase, la de la “transmisión comunitaria” o de la “libre circulación”. Una etapa de controles más extremos, más masivos. Un momento que, de manera inexorable, más temprano que tarde llegará. Esto es una pandemia. De eso se trata.

“El mundo no está preparado para hacer frente una pandemia veloz, provocada por un virulento patógeno respiratorio”. Esto lo comunicó en 2019 la Organización Mundial de la Salud. El escenario que hoy nos hace percibir la vida diaria como imágenes de apocalipsis fue ciertamente anunciado. La ficción también se anticipó a esta realidad de pesadilla.

La vida de todos nosotros corre en estos días bajo el vertiginoso designio del minuto a minuto. Hay que aceptarlo y pensarlo así. El GPS que rige los próximos pasos gira enloquecido. No hay una hoja de ruta que pueda respetarse a rajatabla. Estamos obligados a recalcular. No hay margen alguno para proyectos ni certezas.

La plantilla del excel voló por los aires. No hay precisiones, solo presunciones. En la diaria se nos queman las certezas. Convivir con la Incertidumbre es el desafío de la hora.

Tampoco hay margen de acción alguna para los irresponsables. La amenaza es global, no discrimina. El cisne negro avanza sin reparos ni discriminaciones. Iguala, democratiza. No reconoce privilegios ni inmunidades.

En estas horas todo es perplejidad. Nos vamos sumergiendo en un clima de pesada oscuridad. El miedo nos iguala frente a lo impredecible. Estamos obligados a convivir con la inseguridad en su modo más impalpable, más invisible.Todo deviene frágil, inestable y provisional.

Las amenazas globales y los miedos colectivos recortan libertades. No hay derechos adquiridos asegurados por delante. Solo imponderables. La línea que separa lo público de lo privado se va volviendo difusa e insustancial. Nos constatamos parte de un todo global.

Se impone cerrar las fronteras y abrir los corazones. Dejar de tocarse y registrar a la distancia. Cuidar al otro para preservarse a uno mismo. Amar sin besar, sin recibir el beneficio del abrazo, amar sin temer, sin arriesgar.

El virus es mutante y todo muta a su paso arrasador. Se transforman sensaciones y significados.

Los niños y los viejos en los extremos. Los niños como reserva y amenaza. Solo se enferman levemente pero pueden devenir potentes propagadores. Se recomienda restringir el encuentro de nietos y abuelos.

Los jóvenes atentos como nunca antes al curso de los acontecimientos. Se saben más resguardados, pero tienen conciencia de que pueden contagiar y perder a sus mayores. Son vivencias, temores, angustias del momento. Antes que la devastación anunciada del cambio climático llegó para alimentar sus fantasmas el COVID-19.

Estamos obligados a estar informados, a manejar y difundir información chequeada, a neutralizar el paso de las fake news, a no dejarnos paralizar, a controlar los impulsos que suele desatar el miedo, a despojarnos de preconceptos y prejuicios y ganar tiempo.

Se impone proteger a los más vulnerables, a los inmunodeprimidos, a los que padecen enfermedades prevalentes pero también a los médicos, a los agentes sanitarios, a los que por razones de su oficio están más expuestos a enfermarse y a la vez son imprescindibles para sostener el cuidado de los que se enfermen.

Es imprescindible comprender y aceptar que poco se sabe de este virus, que los científicos están trabajando a toda máquina y sobre la marcha para decodificar a que nos estamos enfrentando. No hay vacuna ni antiviral específico disponibles. No los hay. Solo paliativos.

Por el momento los gobiernos están bajando líneas, imponiendo conductas, llamadas a demorar el paso del virus, a ralentizar la incidencia de casos. No hay mucho más para ofrecer. Se trata de llamar a todos a generar conciencia y responsabilidad colectiva. No hay recursos ni aquí ni en el más avanzado de los sistemas sanitarios para asistir a los enfermos frente a un crecimiento exponencial de los casos.

Tampoco hay espacio para los desentendidos, para los que prefieren distraerse ignorando la gravedad del cuadro. Según los especialistas, por la capacidad y velocidad del contagio, será muy difícil no terminar involucrados en el fatal trayecto del virus.

La mayoría no registrará síntomas y probablemente la recuperación será rápida para muchos de los infectados, pero también muchos morirán y los sistemas de salud tendrán que enfrentar dilemas y desafíos hasta aquí desconocidos.

Se impone desactivar el pánico, mantener bajo control el miedo, pero no mirar para otro lado. La información ajustada y actualizada es un insumo esencial, imprescindible.

Cuando todo esto termine el mundo ya no será el mismo. Muchas cosas habrán cambiado para siempre. Quienes resulten indemnes tendrán que convivir con nuevos paradigmas.

El impacto sobre la economía y la producción que supone esta crisis nos obligará a repensar nuestros hábitos de consumo. Puede que nos veamos obligados a sobrevivir con menos y repensar nuestra manera de relacionarnos con los recursos del medio ambiente.

En los próximos días asistiremos a urgentes procesos de aprendizaje. Las forzadas reclusiones domiciliarias acelerarán los hábitos del teletrabajo. Adquiriremos nuevas habilidades digitales. Puede que dejemos para siempre las compras presenciales y los pagos con cash. La vida digital se acelerará.

Es probable que redescubramos los beneficios de la intimidad, el encanto que resiste en los espacios privados. La intensidad de los vínculos familiares cuando se dispone de tiempo cara a cara sin sobresaltos ni distracciones.

Extrañaremos besos, abrazos y apretones con los que a diario nos vemos, revalorizaremos ese contacto físico que muchas veces nos prodigamos sin ponderar ni registrar. La devolución que acompaña a todo gesto de cuidado, de afectos, de reconocimiento del otro.

Tendremos apremio y necesidad para redescubrirnos como parte de un todo interdependiente y global. No quedará otra que aceptar que la vulnerabilidad de la condición humana nos iguala por sobre cualquier diferencia de raza, de condición social, de religión, de género o ideología.

Descubriremos una nueva dimensión de la solidaridad en la cual reordenar prioridades y diluir la grieta.

Entre la pandemia y el default se nos viene encima el otoño. Hay que encontrar fortaleza en la adversidad. Hay que estar preparados. Todo parece indicar que de aquí en adelante ya nada será igual.

  • 14.03.2020
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