DUDAS Y CERTEZAS

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El infierno más temido.

2020-10-10

Algunos muy inquietos observadores de lo que está pasando han logrado poner en palabras el infierno más temido. La expresión “crisis sustentable” remite a esa posibilidad.

La idea de que este estado de cosas devenga crónico espanta a muchos. Quienes a diario se preguntan cómo vamos a salir de este atolladero de vulnerabilidad económica, devastación social, pobreza creciente y desmanejo político han comenzado a pensar que tal vez, lejos de alguna disrupción que nos libere, tengamos que resignarnos a convivir con esto “in aeternum”. Es el peor de los fantasmas.

La escena que les quita el sueño a muchos es la de un Estado quebrado pero omnipresente, sesgado en sus decisiones y autoritario, empeñado en seguir redistribuyendo pobreza, igualando hacia abajo, achatando todas las pirámides, vapuleando la iniciativa privada y estigmatizando al que intenta producir riqueza o desplegar algún mérito.

Un Estado que sobrelleve la crisis cerrado al mundo y sus novedades. Un Estado que nos condene a depender de la matriz estatal, reconvertidos en terra planeros sin convicción, maniatados por una visión retrógrada, ideologizada y decadente. Un dejarse estar en condición vegetativa, conectados al respirador de la maquinita que imprime, sin incentivo alguno de recuperación.

Algunos prefieren pensar que la proximidad del abismo necesariamente obligará a algún cambio drástico o definición del rumbo del gobierno al que evalúan peligrosamente errático.
Los diagnósticos de los diversos sectores son coincidentes. Caminamos en línea recta al precipicio y sin un volantazo a tiempo caemos inevitablemente al abismo.

Los que frecuentan los jardines del oficialismo y alcanzan a mirar el proceso con cierta ecuanimidad, aseguran que el Gobierno no puede o no quiere ver la realidad.

La grieta interna que fatiga la gestión presidencial es cada día más profunda y da cuenta de un país bifronte, bipolar. Insume al Jefe de Estado y a su gabinete una energía digna de otros menesteres.

En la semana en que termina la brecha cambiaria superó el 100% y el Banco Central no logró frenar la caída de sus reservas. Los precios de los alimentos y bebidas marcaron por encima de la inflación general y el consumo de agosto cayó el 5,4%, incluyendo un retroceso de 3,1% en productos tan inelásticos como harina, pastas secas y aceite. Los supermercados vendieron un 2,5% en septiembre poniendo en números el drama de la pobreza. Del dólar mejor ni hablar. Ausente de todas estas emergencias la agenda del Ejecutivo se recalentó por otras cuestiones.
Una andanada demoledora para la credibilidad presidencial bajo desde el centro mismo de la coalición opositora. El Jefe de Estado tuvo que sobrellevar que una embajadora sin placet le llene la cara de dedos, descalificando a viva a voz y en carta abierta su política exterior.

Alicia Castro resignó su designación para ocupar la embajada en Rusia, no sin antes agradecer a su mentora Cristina Fernández de Kichner por el honor concedido. Amor con amor se paga.
CFK guardó saludable silencio sobre tan candente cuestión. No hizo falta conocer su opinión. Una caterva de supuestos librepensadores hizo el trabajo sucio de lavar los trapos a la intemperie. Se despacharon contra Presidente y su Canciller por el mismo asunto. Les dieron para tener y guardar en las narices mismas de la recién llegada misión del Fondo Monetario Internacional.

Quién encendió la mecha de esta sucesión de torpezas y provocaciones, el Embajador ante la OEA, Carlos Raimundi, sigue gozando saludablemente de su cargo, pese al estropicio diplomático que precipitó al descalificar el “informe Bachelet” sobre violación de los Derechos Humanos en Venezuela. El jefe de Gabinete lo respaldó en el Senado. “Estamos conformes con su tarea y no está bajo ningún estudio su cargo, ni mucho menos”.

En la misma exposición Santiago Cafiero volvió a sobreactuar kirchnerismo zamarreando a la oposición. Dijo que Juntos por el Cambio baja un discurso de “terraplanismo político” y que si no deja de lado el discurso del odio va camino a convertirse en una ultraderecha antidemocrática y minoritaria”. Sigue dinamitando puentes el Ministro coordinador.

Otro tema que sobresaltó la agenda semanal fue el de la Corte Suprema. Tras el pedido de Juicio Político al Presidente del Supremo Tribunal presentado por la legisladora Vanesa Siley, se sumaron las consideraciones públicas del Leopoldo Moreau.

Devenido un escudero mediático de todo lo K su forma más radicalizada, Moreau se cargó a la totalidad de los miembros del Supremo Tribunal de Justicia de la Nación en explosivas declaraciones mediáticas. “La Corte está agotada e institucionalmente degradada y que juega al truco, mas que apoyarse en decisiones jurisprudenciales”, dijo Moreau. Más allá de la descalificación general a la cabeza de uno de los tres poderes del Estado, el caracterizado diputado del FdeT le dedicó una desdorosa parrafada a cada uno de los jueces.

En otro episodio que generó revuelo y que da cuenta de la irreconciliables tensiones que combustionan en lo más alto del poder, Marcela Losardo, ministro de Justicia de la Nación, quien hasta hace poco disfrutaba de mucho respeto entre los jueces, calificó de “oportunista” una invitación de Carlos Rosenkrantz a participar de la Comisión interpoderes para agilizar las causas de delitos de lesa humanidad.

El loteo horizontal de los ministerios está generando no pocos problemas en el Ejecutivo. Son pocos los que creen, no obstante, que un recambio de Gabinete vaya a aportar soluciones. El problema está arriba de todo. No se trata de cambiar ministros sino de que el presidente Alberto Fernández asuma de manera efectiva una posición de liderazgo y retenga el poder que parece estar yéndose definitivamente de las manos.

El asunto del denominado Impuesto a la Riqueza también habla de las irreconciliables diferencias internas que intoxican las decisiones presidenciales.

El cuestionado boicot al Banco Credicoop a modo de protesta contra su Presidente Carlos Heller, encendido impulsor de la iniciativa, partió aguas. Sirvió para correr el eje de la cuestión central. No solo porque los tributaristas advierten acerca de la dificultad para hacer efectiva la imposición, se dice que desencadenará una seguidilla de presentaciones ante la justicia, sino también el efecto colateral de desincentivar las inversiones en cualquiera de sus formas.

Alberto Fernández dijo este jueves que se necesitan empresarios que “confíen, inviertan, den trabajo y ganen”. Casi todas las decisiones y políticas que implementó en los últimos meses van en el sentido precisamente inverso.

La idea de sacar a Cafiero y poner a Massa en la Jefatura de Gabinete también encubre un juego de manipulaciones. La movida que ubicaría a Máximo Kirchner en la línea de sucesión presidencial equivaldría a un suicidio político para el creador de la cada vez más estrecha avenida del medio.

El problema de fondo es político y tiene que ver con la forma en la que se ejerce el poder. El Presidente batalla a diario con sus propias contradicciones. No logra definir un rumbo cierto.
Un insoslayable referente de la oposición se sincera. “Me resulta difícil cuestionar al Presidente porque ni siquiera logró saber hacia dónde va...hace una permanente apología del no plan”
De esto no se sale sin acuerdos, sin consensos, sin conversación. No se sale sin unidad. No se sale sin política, insisten. Hay que recuperar la palabra presidencial. Nada parece hoy más lejos de lo posible.

En el empresariado están los que todavía tienen esperanzas. Los que creen que el instinto de supervivencia en el poder obligará a producir cambios, a ceder.

También están los que dicen que esto “ya está, que se acabó” que no tiene sentido seguir yendo a las reuniones, que “game over”. Que nadie sabe quién, cómo, ni desde dónde se terminan tomando las decisiones.

“Si te invitan a cenar a Olivos, andá comido”, comenta con irónica picardía un empresario que se sentó a la mesa del Presidente hace apenas unos días. El menú atrasa, el vino es maso y las frutillas con las que te pretenden endulzar no tienen gusto a nada. Sabor a poco y desabrido, como las medidas que se anunciaron pocas horas después del comentado encuentro.

Admite, no obstante, que se conversa lindo y distendido, que todo fluye, que se relajan, que te escuchan y que hasta parece que toman nota. “Salis chocho de la cena pero a las cinco cuadras te preguntás para qué fuiste”.

No hay mucho tiempo por delante. Cuánto tarda esto en explotar todo esto es una pregunta que no tiene respuesta. También puede ocurrir que cómo sugieren los más agoreros que lo peor que puede pasar es que no pase nada y que nos resignemos a convivir ya no solo con el coronavirus sino también con los penosos protocolos que impone esta emergencia política. Aterrador.

En cualquier caso los caminos de salida no se recorrerán sin pagar costos extremos.
Con más del 40% de los argentinos bajo la línea de pobreza, un déficit fiscal galopante, una caída de la economía sin precedentes, la mayor brecha cambiaria de los últimos 30 años y sin más caja que la maquinita cualquier atajo de salida será con sufrimiento.

Están los que aseguran que la devaluación es inevitable o piden desdoblamiento del tipo de cambio. Otros piden lograr al menos cinco consensos básicos relacionados con la producción y la exportación que puedan mantenerse en el mediano y largo plazo.
Las propuestas económicas admiten discusión pero la urgente necesidad de recuperar la confianza y definir un claro liderazgo político unifica todas las posiciones. Teléfono para Alberto Fernández.

En las sobremesas del círculo rojo corren todo tipo de recetas para salir de este berenjenal. Algunas son atendibles y sensatas, otras tan revulsivas como extravagantes
Un poderoso empresario, con fuerte impronta política y llegada a hombres de la coalición gobernante, sugiere que de cara al vacío todo vale y madura la idea de un gobierno de unidad que reúna a los más moderados de ambas fuerzas.

Quienes entre sueñan con esta opción proponen sacar definitivamente de la escena política a los que encarnan los extremos. La tarea, de muy difícil implementación, supone la desaparición lisa y llana de la vida pública tanto a Cristina Fernández de Kirchner como a Mauricio Macri.
No existiendo la posibilidad de un indulto, que demanda un juicio y condena previos, el acuerdo tendría como base una amnistía amplia sobre las cuentas pendientes en la justicia de los ex Presidentes. Una suerte de borrón y cuenta nueva que se garantizaría con leyes de transparencia y ficha limpia de aquí en más. Difícil, muy difícil de implementar. Irritante.

Para los directamente involucrados, se trata de cambiar el bronce por la libertad. Se les pide entrar en modo zombies políticos a cambio de dejar de trajinar por Comodoro Py. Verdad y consecuencia dentro de la lógica del lawfare.

¿Está la sociedad preparada para aceptar un canje de estas características? ¿Es la impunidad algo que pueda someterse a un proceso de negociación en orden a permitir un camino de pacificación política? ¿Puede refundarse una democracia sobre la base de perdonar y olvidar tramas de corrupción y malas prácticas de la política tan impúdicamente expuestas? ¿Qué ley o acuerdo puede garantizar que la historia no vuelva a repetirse? ¿Cuánta pobreza resiste la dignidad?

El fracaso de la estrategia sanitaria coincide con la penosa constatación de que el virus llegó para quedarse. La pandemia nos encontró como país en terapia intensiva, lo dijo el presidente. Ninguno de los tratamientos conocidos ha funcionado hasta aquí.

Sobre el límite de nuestras fuerzas y sin respirador que alcance, las terapias convencionales amenazan con dejar paso a tratamientos menos convencionales.
Una heterodoxia no exenta de riesgos que algunos imaginan poder implementar.

  • 10.10.2020
  • Sociedad - Política
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