DUDAS Y CERTEZAS

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Cuarentena en Primera Persona: Sigo adelante y me la banco.

2020-03-21

Pertenezco a una generación de mujeres que heredó de abuelas y bisabuelas una suerte de comportamiento propio de tiempos de guerra. Exceptuo de esta cadena de mandatos a mi señora madre porque ella, sabe Dios porque extraños designios, logró esquivar buena parte del catecismo patriarcal para bajar línea desde un púlpito no sexista y un tanto feminista y escandaloso para los tiempos remotos de mi niñez. Ese fue su legado y admito haberlo honrado.

En tiempos de crisis, no obstante, se me disparan una serie de conductas propias de mis muy veneradas antecesoras, las que no sacaron los pies del plato y cumplieron a rajatabla con las tareas de guarda y cuidado que nos fueron asignadas a las féminas de generación en generación. Son recursos atávicos, que parecen venir sellados en la memoria genética y que se gatillan de manera descontrolada cuando algo nos dice que la supervivencia está en riesgo.

En estos días de incertidumbre y desasosiego, en que la vida nos ha confinado en una suerte de “arresto domiciliario” en el hogar dulce hogar, me ha dado por cocinar, limpiar, fregar, acopiar, ordenar y racionar. Me asalta una compulsión a trajinar por placares y alacenas tratando de mantener bajo riguroso control quién sabe qué. No puedo parar de lavar platos, ordenar cajoneras y fregar mesadas.

Extraviada sin rumbo cierto entre el libro de recetas magistrales de doña Petrona C. de Gandulfo y las consignas minimalistas de Marie Kondo, voy de la cama a la cocina, oliendo ya no al perfume con el que suelo arroparme, sino a lavandina, alcohol en gel, aloe vera y desinfectantes aromatizados, me vienen a la mente las dulces matronas que me precedieron en el camino de la vida.

Recupero en estos días, los ojos transparentes de Rosa Graciana Battilana, quién murió gozando de muy buena salud a sus 106 después de haber atravesado indemne todo tipo de contingencias.

Mi dulce abuela paterna, ya viejecita, solía entretenernos con sus recuerdos, algunos muy dulces y otros aterradores. Entre los más espantosos de los que vienen hoy a mi mente revista el relato que da cuenta de como una de las feroces pestes de principios de siglo se llevó la vida de su primer esposo y un par de sus hijos. Siendo todavía adolescente vio partir a los suyos sin mayores ceremonias ni despedidas. Las brigadas de limpieza sanitaria pasaban arrasando lo que quedaba de aquellas vidas y procedían a quemar todos los objetos, pertenencias y enseres que encontraban a su paso.

No fue la única crisis que le llevó puesto un marido. En la del 30, mi abuelo Santos Gutiérrez decidió por fin a su días de un certero escopetazo dejando a mi heroína al frente de un almacén de ramos generales en quiebra, con mi papá de solo cinco años en su falda, y una cantidad de hijos del matrimonio anterior que había terminado en viudez.

No sé exactamente de qué murió el tercer y último esposo de mi resiliente abuelita. Solo puedo asegurar que tanta adversidad no le quitó empeño y energía para seguir criando una cantidad de nietos y bisnietos surfeando sobre un siglo que no dio respiro a ella ni a casi nadie.

Hasta sus noventa y cinco, mi abuela Rosa vivió sola, al comando de sus diarios menesteres. Autosuficiente y vital, sobrevivió a todos los hijos que supo traer al mundo y a buena parte de los que por distintas razones le tocó criar. Todavía la recuerdo amasando unas tremendas tortas de naranja que esperábamos ansiosos ver salir fragantes del horno de su casa.

Pasados sus 100, y ya relevada por la vida de mayores obligaciones, la recuerdo repasando botones flojos y haciendo pequeñas tareas de costura para entretenerse. Me sorprendía verla enhebrar las agujas sin anteojos, desafiando el pulso firme que hacía rato la había abandonado.Murió en 1999. Fue casi una mujer de tres siglos, a las que no lograron atravesar las balas del tiempo tremendo que le tocó vivir.

Otra es la inspiradora historia de Caterina Passafari, nacida y criada en la Calabria profunda, mi tía abuela, se las bancó todas amorosamente hasta el final. Cuando la conocí, a sus 87 subía a diario las empinadas escaleras al ático de su departamento para desayunar entre las cúpulas y tejados de Filadelfia, el pequeño pueblito del sur de Italia, donde pasó sus últimos años.

Ya sobre el final del siglo seguía extrañando a su hermano, mi abuelo que huyó de los “faccio di combattimento” embarcando a estas tierras donde armaría otra vida, sin la cual yo no hubiera llegado a este mundo.

Italo Pasquale Passafari tenía solo 22 cuando la dejó sola y siendo una niña del otro lado del mundo en el oscuro tiempo de la entreguerra.

Argentina Elizabeth Badolato, libró otras batallas. Esos actos diarios pequeños y a fuerza de sostenidos y rutinarios, heroicos del que tanto sabemos las mujeres. Cuando mi abuelo murió, muy joven, dejándola definitivamente sola y sin recursos, la más coqueta de mis progenitoras , se bajó de los tacos y vestidos de diseño y dedicó el resto de su vida a criar a sus cuatro nietos para que su única hija, mi madre, levantara vuelo en el mundo del afuera, ese que a las mujeres tanto nos cuesta conquistar.

Mientras curso el segundo día de esta cuarentena que nos desafía desarticulando todas nuestras certezas, pienso en ellas: una saga de Caterinas, Elisabettas, Isabellas, Chiaras, Magdalenas y Carlotas. las mujeres que me precedieron en el camino de la vida. Puede que de sus historias haya heredado este impulso primitivo de dedicación, austeridad, entrega, aceptación y, espero, resiliencia.

Ellas conocieron la adversidad en todas y cada una de sus formas y presentaron batalla, adentro y afuera de la casa, en las cocinas y en las trincheras de tanta guerra que les tocó traspasar. Ellas llegaron a viejas pese a todo. En ellas encuentro inspiración y fortaleza. Y como ellas decido seguir adelante y me la banco.

Estas son las historias en las que elegí refugiarme cuando llevo como todos y todas cuarenta y ocho horas de esta cuarentena extraña e inesperada que recién acaba de empezar y que nos obliga a repensar valores y a cambiar prioridades y rutinas.

  • 21.03.2020
  • Sociedad
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