DUDAS Y CERTEZAS

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Caso Darthés. Un punto de inflexión.

2018-12-15

El cuerpo de las mujeres como objeto de uso y abuso, como presa de caza, como botín de guerra, como bien transable, como mercancía. De eso se trata.

El cuerpo sujeto a manipulación, goce y descarte. La apropiación prepotente del físico y la devastación de la psiquis por imposición de la fuerza y la humillación. El daño profundo e irreversible que produce la indefensión y la impunidad. De eso estamos hablando.

El testimonio de Thelma Fardín produjo efectos inmediatos y apabullantes. Convirtió una tragedia hasta ese momento íntima en un hecho político. Al liberarse de la violencia interior que macera el ocultamiento de los ultrajes, desató una tempestad.

“Esto recién empieza” es la frase con la que el colectivo de mujeres actrices cerró el comunicado que precedió el descarnado testimonio de la niña violada. No fue una frase premonitoria, fue la presentación de un plan de acción.

Breve, conciso, contundente, el documento celosamente consensuado, describe una trama de atropellos de género que deviene insoportable y trasciende en mucho las connotaciones estrictamente sexuales.

Se habla de “desterrar un régimen de violencia e impunidad sostenido, tanto desde el Estado como desde cada espacio donde se juegan relaciones de poder”.

El texto sale a exponer con crudeza un estado de cosas, un entramado de valores que naturaliza la imposición y prerrogativas de un sexo sobre otro.

“El precio que nos ha sido impuesto para trabajar ha sido callar y someternos”, sostienen las actrices tras asegurar que un 66% de las mujeres intérpretes da cuenta de algún caso de acoso o abuso en el contexto de su vida laboral. La proclama excede con mucho el ámbito de los sets televisivos y teatrales.

En unas pocas frases, el colectivo de féminas nos expresa a todas. Señala responsabilidades de la Justicia y el Estado por obstaculizar, demorar, desestimar y estigmatizar y fallar de manera aberrante. También denuncia a la industria del espectáculo por convertirse en funcional a sus intereses los sesgos más aberrantes de la cultura machista y falocrática dominante.

De eso estamos hablando. No solo de Darthés.

Lo que queda expuesto es “un sistema opresivo y de cosificación en el que se erotiza y sobreexpone a niñas y adolescentes”, que hace eje de manera perversa en el cuerpo de las mujeres convertido en objeto de exhibición y consumo. Muñecas a disposición del deseo ajeno, sin alma, ni subjetividad alguna que merezca ser tenida en cuenta.

El documento apunta al centro de la industria del entretenimiento que consolida con glamorosa liviandad los peores estereotipos de género, que convierte en natural lo aberrante, lo inaceptable.

En las últimas horas comenzaron a viralizarse fragmentos televisivos que hasta hace poco divertían a muchos y hoy espantan. Capturas de video que muestran a exitosos conductores y referentes de los medios masivos jugueteando con muchachas en el límite del buen gusto y la misoginia.

La denuncia de violación de Thelma Fardín es el grito inicial y desesperado de cientos de mujeres que no quieren seguir callando, que no están dispuestas a seguir bancando una cultura que las condena a diario a “subordinación y valor”.

Quedarse en los detalles extremos y perversos del caso Darthés es no comprender este punto de inflexión, este momento de quiebre.

La movida llegó para quedarse, otorga impronta y sustancia a un cambio de paradigmas a la imparable “revolución de la hijas”. Supone una advertencia. Ilumina una ampliación del estado de conciencia sobre lo que no puede tolerarse más.

Estamos ante un cambio de época, ante una revolución cultural que se acelera de manera exponencial porque tramita en la redes con la velocidad de la viralización, porque genera interacciones que fluyen con la velocidad de la luz.

No se trata de una guerra de mujeres contra hombres.Tiene que ver con los derechos humanos, con la equidad, con desterrar el patriarcado y la misoginia. Un sistema se está resquebrajando, una trama de disvalores se desgarra para dejar paso a algo nuevo y al que también los varones de buena voluntad están llamados a construir y apuntalar.

Un proceso que comenzó con el #niunamenos y se potenció con el #metooy que hoy sumerge en la perplejidad y el ensimismamiento a tanto macho alfa desalojado del espacio de confort en el que estaban apoltronados.

Como en el caso del debate sobre el aborto, el tema de la violencia de género corta la grieta de manera transversal. Construye consensos y solidaridades por fuera de cualquier diferencia. Se trata de algo superador. Pretender inscribir este momento en un contexto de polarización ideológica, es solo un intento a las atropelladas de restar intensidad a la gravedad de los hechos denunciados.

Se impone no banalizar este asunto. Distinguir niveles de intensidad. No es lo mismo acoso que abuso, ni abuso que violación. Pero hay que tener algo en claro el acoso predispone al abuso, el abuso a la violación y la violación puede ser física o emocionalmente letal.

Es apremiante un repaso, un recuento de las conductas, convicciones y actitudes que se corresponden con la cultura machista dominante y están ahora bajo cuestión.

Estamos asistiendo a un proceso disruptivo y tod@s estamos llamados a ser parte. Lo que está en juego es, no solo el resguardo de la libertad personal para disponer del propio cuerpo, sino la tutela de la integridad y la vida misma de las mujeres.

Los datos del informe del Observatorio de Femicidios en la Argentina son contundentes. En lo que va de 2018, 225 mujeres fueron asesinadas, el 89% de los crímenes fueron ejecutados por varones con quienes las víctimas tenían un vínculo, lazo familiar o conocimiento previo. En el 40% de los casos se trató de parejas o ex parejas.

No menos graves son las estadísticas que dan cuenta de acoso, abuso y violación de niñas y adolescentes, en su mayoría en el ámbito intrafamiliar.

Una iraquí y un congoleño recibieron este año el Premio Nobel de la Paz. Nadia Murad, de solo 25 años, compartió el premio “con todas las supervivientes de la violencia sexual en el mundo. Activista iraquí de la minoría Yazidí, trabaja para visibilizar forma en que se usa la violencia sexual como arma contra las mujeres en zonas de guerra y conflictos armados. Ella misma estuvo secuestrada y sometida a esclavitud sexual en manos del ISIS.

“El cuerpo de las mujeres se convirtió en campo de batalla”, dijo el médico ginecólogo congoleño Denis Mukwege al recibir su distinción. Sabe de qué habla, ha dedicado su vida a reparar mujeres destrozadas por violaciones y ultrajes sexuales inenarrables.

El #mirácomonosponemos es un llamado de atención, advierte que el tiempo del silencio se terminó, que la impunidad está llegando a su fin. No hay margen para mirar hacia otro lado.

  • 15.12.2018
  • Sociedad - Política
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