DUDAS Y CERTEZAS

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Alberto Fernández, entre boludos y miserables.

2020-04-11

Otra vez sopa y con fideos caros. No son italianos de grano duro. Son de los nuestros de segundas y terceras marcas. Llenan la panza de muchos, no precisamente la de los más necesitados. Esta pasta va a engordar otras fortunas, las de los miserables de siempre. Los que cierran sus cuentas en la connivencia público-privada.

Quedó claro, tan claro como el agua. Hay gente esperando quedarse con un bocado y no estamos hablando de guisos ni de minestrones. Son los virus del sistema, microorganismos casi invisibles que permanecen latentes en los entresijos de la nómina estatal dispuestos a rapiñar un pedazo en cuanto aparece la oportunidad. Ellos respetan la cuarentena. No necesitan moverse de casa. Hacen home-office, tienen todas las plataformas aceitadas, son parte del mecanismo.

No necesitan producir nada, no pagan sueldos ni aportes previsionales, están para hacer la diferencia. Son miserables de verdad. Les da lo mismo un roto que un descosido. Hoy te venden aceite y lentejas y mañana alcohol en gel, se dedican a intermediar. Son gente de escritorio y papeleos. Comen y dan de comer, eso sí, solo a los socios de turno.

Esta vez se activaron rápido, siempre listos para pegar el tarascón. La necesidad y la urgencia ajena los revive y reproduce. Emprendedores en lo suyo, no dejan pasar el momento, cuando encuentran la oportunidad, se viralizan de manera cuasi exponencial. Son rapaces.

Si siempre hay una palabra maldita, hoy esa palabra es “miserables”. La trajo a cuento el Presidente de la Nación para definir reconvenir a lo más alto del empresariado, justo cuando empezaba a cerrar la grieta, y hoy le calza perfecto a los perfectos miserables del sector público. Los que nacen crecen y nunca mueren en los vericuetos de las estructuras estatales.

Esa expresión que con tanta enjundia utilizó el Presidente, rompiendo el encanto que a fuerza de saludable crudeza había logrado construir, ahora vuelve para calificar a los perversos del sistema, los vampiros que anidan agazapados las oficinas públicas para abalanzarse sobre el pastel. Los eternos portadores del patógeno de la corrupción

La reacción presidencial no se hizo esperar, ordenó no pagar los gastos y “aceptar la renuncia” de los funcionarios tan disfuncionales, pero el daño ya está hecho. Puede que el nefasto desaguisado no se pague, pero los efectos colaterales del estropicio va minando la autoridad gubernamental.

Daniel Arroyo, uno de los ministros más valorados del Albertismo termina siendo arrastrado en el barro por el funcionariato que, seguramente, él no pudo elegir. Alguien le hizo tragar el sapo. Alguien se los puso ahí para contentar a terceros sin advertirle de legajos ni prontuarios de las vidas políticas anteriores. Convivir políticamente en la diversidad tiene sus riesgos. Todos estamos demasiado sensibles para sobrellevar sin sobresaltos un nuevo dejà vú. No hay espacio para la ingenuidad o la inocencia. El que no corre, vuela.

Si estamos en una guerra, hay que aplicar rigor. Hay que sacar a los funcionarios distraídos, ineficaces y/o corruptos. Nada de correrlos del lugar. Nada de tele transportarlos a otras dependencias, nada de asegurarles el sustento. Ni la política es una bolsa de empleo ni el Estado una incubadora de cuentapropistas.

Es urgente desarmar el entramado de la matriz que carteliza históricamente los precios de los productos más básicos. La culpa es del que le da de comer, pero también del chancho. Hay que cuidar los recursos, pero es aún más urgente cuidar la confianza, insumo básico para la autoridad presidencial.

El Jefe de Estado concentra en este momento decisiones extremas, directamente relacionadas con la vida o la muerte de todos y cada uno de nosotros, y solo reteniendo autoridad podrá conducir este tiempo incierto e impiadoso. No se la están haciendo fácil.

Los votos legitiman pero no garantizan el ejercicio efectivo del poder. La autoridad se sostiene en la confianza y esta se construye en el día a día, se consolida con la misma lógica del minuto a minuto. Es tan frágil como el más delicado de los cristales.

El juego de equilibrios y superposiciones de la coalición gobernante implica riesgos. La convivencia de los distintos sectores políticos e ideológicos que conforman el Frente de Todos se replica en el interior de ministerios y gobernaciones y no permite descartar más episodios como el de esta semana que termina.

Corren tiempos demasiado vertiginosos, volátiles e inciertos. El mundo, tal cual lo conocimos hasta aquí. Todos los liderazgos están siendo puestos a prueba. Los errores se devoran a su gestores en cuestión de días.

Boris Johnson cayó bajo un respirador, Donald Trump tiene que subordinar sus caprichos ante la autoridad creciente de Anthony Fauci, y Bolsonaro empieza a enterrar su soberbia negadora junto a los muertos por coronavirus. Así de frágil está el mundo, así de frágiles nuestros mandamases.

Cuando el número de referencia ha dejado de ser el precio del dólar y el riesgo país se mide en la disponibilidad de camas en terapia intensiva y respiradores, solo hay espacio para la toma de decisiones de los que siempre se supieron mortales. Los omnipotentes y negadores fueron pasados a terapia intensiva.

Cuando los superhéroes del momento comienzan a contagiarse y morir, no hay espacio alguno para los villanos.

La pandemia obliga a revisar a diario todos los protocolos: los de la seguridad, los de la higiene, los de las decisiones estratégicas y también los de la política. Convivir en los que piensan, sienten y viven de manera diferente no es fácil en tiempos normales, ni hablar en el hacinamiento de una cuarentena.

En los tiempos corren una cosa son los “boludos” y otra muy distinta los “miserables”.

El “boludo” en tiempos del coronavirus es un espécimen que navega entre el menefreguismo y la ignorancia. Un diletante que no parece anoticiarse de su condición de ser mortal y sale a ganar la calle porque le pinta, por el hice de transgredir nomás. Cumplieron en la escena una penosa función. Pusieron en acto todo lo que está mal.

El “miserable” es otra cosa. En este contexto el miserable es un aprovechador , un oportunista, un sujeto egoísta y calculador.

Mas allá de las presiones sectoriales suponer que Alberto Fernández puede livianamente elegir entre la salud y la economía es algo falaz, inconsistente.

El anuncio presidencial de prorrogar la cuarentena es el único camino posible. Si la curva del paso del virus se acelera y colapsa el sistema sanitario no solo arrastraría la vida de miles de argentinos sino que se llevaría puesto a su paso todas las variables de la economía.

No es momento de aflojar. No queda otra que sobrellevar las odiosas restricciones. Cuando todo esto termine todos seremos diferentes y en el mundo ya nada será igual. No es momento de aflojar. No queda otra que sobrellevar las odiosas restricciones.

  • 11.04.2020
  • Sociedad - Política
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