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Enredados en las redes - Mi nota para Fundación Convivir

2014-09-08

El mundo se está transformando muy rápido. Dicen los que saben que está en marcha un muy importante proceso de cambio cultural.
La irrupción de las redes sociales ha trastocado de manera irreversible los paradigmas del espacio y del tiempo. El planeta parece más pequeño, las distancias se acortan y el pasado es un sitio del que se puede ir y venir a voluntad.
 
El presente es fugaz y el futuro presiona implacable sobre el instante que se vive.
La información circula con una velocidad y abundancia nunca conocida ni imaginada en la historia de la humanidad.
 
La frontera entre lo público y lo privado se desdibujada a diario generando desconcierto a nivel individual y alarma a escala planetaria.
La vida  se vive en red y las nuevas formas de comunicación interpersonal y grupal inciden de manera inexorable en el comportamiento social global. 
 
Los nativos digitales, que se cuentan ya por más de dos generaciones, nada tienen que “desaprender”: piensan, viven y sienten de manera diferente.
En el ciberespacio las percepciones de lo real se retroalimentan con la vida virtual.
Nada ya puede ser  ocultado o sustraído del conocimiento público. 
Lo mejor y lo peor de la condición humana se expone y transcurre en las redes sociales.
 
La “viralización” de los contenidos se acelera  de manera exponencial: una noticia, un dato, una imagen  pueden ser compartidos  por millones de seres en solo segundos sin que medien barreras políticas, religiosas o gubernamentales.
 
Las redes sociales son la “piel sensible” del planeta: una estructura sutil, interconectada e
inmediatamente reactiva a los estímulos del momento.
 
El curso de la historia está intervenido por la “sociedad del conocimiento”.
Esta lógica de la “abundancia” deja sin sustento la cultura de la competencia propia de tiempos de escasez y habilita vínculos de colaboración reinstalando el concepto de solidaridad.
 
Si, como dicen los expertos en comunicación, el funcionamiento en red acelera el “efecto contagio” , las posibilidades de “viralizar” valores e  incidir en la transformación del mundo en el que vivimos está al alcance de las mayorías.
 
En su libro “Conectados” James Foxler incursiona desde  la “genética cultural” en el poder de las redes para augurar que tendemos a copiar el comportamiento de aquellos con quienes estamos conectados y que los amigos de nuestros amigos  virtuales influyen de manera tanto como nuestro entorno inmediato.
 
Todavía no podemos saber exactamente que impacto tendrá en nuestra cultura el “vivir en red” pero si ya podemos transitar por algunos de sus efectos inmediatos.
Herramientas como Twitter o  Facebook en su carácter de generadoras y distribuidoras de mensajes han sido aceleradoras indispensables de procesos  revolucionarios y revueltas populares que cambiaron la historia reciente de los países árabes y en el Norte de Africa.   La búsqueda de personas desaparecidas, las campañas para obtener fondos para causas solidarias, la comunicación en emergencias y catástrofes y las advertencias acerca de riesgos ambientales han encontrado en las redes un espacio desconocido unos pocos años atrás.
 
Es el momento  de ocupar las nuevas plataformas de comunicación, de apropiarse del territorio virtual para aprovechar las formidables posibilidades que se abren para transmitir valores y generar estructuras de participación que  promocionen y faciliten el comportamiento solidario.
 
Si, como dice Alan Kay: “La mejor manera de predecir el futuro es inventarlo” , la tecnología nos da la maravillosa posibilidad de ser activos protagonistas de un profundo cambio de valores sin movernos de nuestro más íntimo y privado lugar en el mundo.

  • 2014-09-08
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