COSAS DEL QUERER

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"Libre y dueña"

2015-03-08

Mi abuela paterna vivió hasta los 106. En el supuesto caso de que hubiera heredado su persistente vitalidad tengo plena conciencia de que he superado con comodidad la mitad de mi vida.
No creo disponer de los genes longevos de mi adorada Rosa Graciana. No he heredado ni sus ojos azules ni su pelo dorado. Tampoco su serena aceptación de las cuestiones de la vida.
Soy tan resiliente como mi bella abuelita que atravesó pestes y tempestades, que sobrellevó pérdidas y desamores pero carezco de su apacible capacidad de amasar tortas y cobijar niños en su regazo cuando todo se derrumba alrededor. Ella lograba mirar pasar la vida desde un lugar que yo todavía no he encontrado.
 
Mas bien debo reconocer que me arrastrar las pasiones  y que  poner en caja mis arrebatos me insume una energía que bien podría destinar a otras causas mas rendidoras.
 
A esta altura de la vida he aprendido a convivir conmigo misma. No es poco.
No creo que los que me rodean puedan decir que
sea sencillo sobrellevarme no obstante lo cual admito sentirme valorada y querida.
Tampoco creo poder llegar a los cien por eso me esmero en vivir el doble cada día. No siempre lo consigo.
 
Tengo constante conciencia del paso del tiempo y vivo con pleno registro de la finitud, eso me predispone al uso y abuso de los sentidos y sentimientos.
 
Cuando miro hacia atrás siento vértigo, son tantas las vidas que he vivido que muchos recuerdos me parecen destellos de vidas anteriores.
No he  acumulado bienes materiales, más bien me jacto de haber acopiado otras riquezas más impalpables  de las que disfruto íntima e intensamente.
 
Soy nacida y criada en el espacio público. Desde muy chica deambulo a la intemperie. Estoy acostumbrada a ser mirada, pero más, mucho más, me gusta mirar.
 
Por razones de mi oficio, he sido hasta aquí una testigo privilegiada de mi tiempo. He vivido todo de cerca, de muy cerca y he tratado de compartirlo con rigor.
He sumado escepticismo y desencanto pero conservo todavía una sorprendente capacidad del asombro.
Conozco como huele la miseria en sus formas más extremas y también los colores de la opulencia. Me consta que la felicidad no cotiza en la bolsa de valores ni puede convertirse en moneda alguna.
 
Hace ya muchos años que mis padres murieron pero cuando me lleva puesta la intensidad de un momento recuerdo la arrolladora energía de mi madre y cuando los ojos se me llenan de estrellas la exquisita sensibilidad de mi padre.
 
He buscado el amor de pareja con desesperación y arrebato, lo he encontrado de a ratos y extraviado otras tantas. Nunca logré ser liviana en estas cuestiones, me lo perdí.
 
Sé lo que es vivir con lo justo y también he soportado el dolor físico.
Me rompí al menos un par de veces pero encontré la manera de seguir. Estoy hecha de carne,  hueso y de otros materiales más resistentes.
 
A la edad en que a otras mujeres se les vacía el nido conocí al padre de mis hijos:  un príncipe encantado  y valiente que me hizo tres veces madre.
Llevamos muchos años en dulce montón, queriéndonos con dedicación y esmero. Nos seguimos gustando como el primer día lo que es mucho decir. Nunca firmamos papel alguno y desde esta consensuada elección soportamos los riesgos de la convivencia en libertad.
 
Me siento muy hembra todavía pero de a ratos me gana la madraza y tiendo a convertir en hijo todo lo que se me acerca.  Tremendo error.
 
He llegado hasta aquí sin disponer de verdades absolutas. Mi profesión me ha entrenado en formular preguntas, hablo mucho, pero también me gusta hacer silencio y escuchar.
 Me permito amar a los que piensan diferente, tal vez de puro egoísta, porque no quiero perderme nada de lo que la vida me pone por delante.
 
Las injusticias me siguen sacando, me arrebatan. No puedo con los enojos encendidos que produce la indignación. Suelo dar curso a mis iras de manera pasional. No sé si es eso es bueno o malo pero admito que nada me da igual. Siempre se nota lo que siento y pienso. Pero también debo decir que en los peores momentos mi cuerpo y mi alma se alinean y retomo el control. La adversidad siempre me serena, me retempla.
 
Si repaso lo andado debo decir que los días más felices son aquellos en los que me ha dominado el deseo. Espero poder dejarle a mis hijos la capacidad de desear. Solo la intensidad del deseo conduce a los  lugares y situaciones donde tiene sentido pasar la vida.
 
Al menos eso es lo que siento y pienso hoy y aquí.
 

  • 2015-03-08
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