COSAS DEL QUERER

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"Elogio de la pregunta" Ser Periodista

2014-09-08

 A los doce sabía, o al menos intuía, por donde iba a hacer pasar mi vida.
Elegí este oficio casi sin darme cuenta. Entré a el como quién juega. Jugué a dirigir un
diario, a compaginar imágenes, ideas y sonidos, a contar historias propias o encontradas, cuando ni siquiera suponía que estaba iniciando un viaje sin retorno.
 
Perdí mi primer trabajo, mas temprano que tarde, por preguntar de más.
 Mi productor había sido  claro: “ presentá  a los diputados y que hablen solos”. Juro que no puede conmigo misma: hice  treinta y tres preguntas en tres minutos. La represalia no tardó en llegar : “desde mañana te ocupas del micro de moda”. Me fui.
 
Mi segundo trabajo en tele lo conseguí tras infiltrarme en una conferencia de prensa, con grabador en mano, y sin medio que me contenga. Me senté al lado del entrevistado y lo ametrallé a preguntas.
A la semana estaba conduciendo un programa diario en Canal 3 de Rosario. Tenía solo 21.
 
Una hora ininterrumpida de preguntas al inolvidable Negro Fontanarrosa bastaron para que obtener mi primer trabajo en Bs As sin prueba de cámara ni casting alguno.
La gloria duró poco: una pregunta políticamente incorrecta en la reunión de producción me pasó al freezer sin solución de continuidad. Otra vez a remarla.
 
En el 83 me atrincheré en un “isla de edición”. No permití que me cepillaran una pregunta y su correspondiente respuesta obtenida de una nota de asalto. Logré mi objetivo. Solo me retiré del lugar con la nota en el aire.
 
Pasé buena parte del 84 bajando la escalera de Tribunales sin tocar el piso pero sin parar de preguntar. Preguntas y repreguntas, secas, directas.  Todas prolijamente pensadas, premeditadas y alevosas.
Todavía recuerdo un seco golpe en la espalda que me dejó sin habla justo cuando, en la puerta de un juzgado me tocaba preguntar, al entonces coronel  Seineldín convocado a declarar. No sería la primera ni la única vez que me tocaría poner el cuerpo a los golpes.
En el 85 las preguntas las hicieron otros: los Jueces y los fiscales. Durante un año en el Juicio a las Juntas, escuché preguntar  hasta tocar el fondo del infierno. Aprendí mucho y comprendí que solo las preguntas ajustadas, formuladas en tiempo y forma nos acercan a la verdad.
 
Los periodistas somos y nos definimos por nuestra capacidad de PREGUNTAR Y REPREGUNTAR.   La pregunta es nuestra única y valiosa herramienta de trabajo.
En este día del periodista, reconociéndome una testigo absolutamente privilegiada del tiempo que me tocó vivir, reivindico el der echo y la vocación a seguir preguntando. Nada más que eso.
 
Ser periodista es “una manera de estar en el mundo”.
El periodista deambula siempre a la intemperie. Sabe que para hacer lo suyo debe despojarse de preconceptos, que no debe contar  con el amparo de las propias creencias ni  ideologías.
 
Debe  mirar, tocar, oler, sentir y  conocer el minuto a minuto de su tiempo con desprejuicio. Debe ser capaz de reconocer en las historia más pequeñas el material que hilvana el “relato” colectivo.
 
El periodista sabe que no hay lugar seguro, que no existe una sola versión de lo que pasa, que todo depende del lugar del cual se mire y que uno se debe a esta convicción.
Los periodistas disponemos de más dudas que certezas, por eso insistimos en preguntar aunque no siempre obtengamos la respuesta.
 
Somos seres molestos, fatigantes. Tenemos el hábito execrable para muchos de andar hurgando en la basura ajena. Cartoneros de la data, lo nuestro es husmear por los rincones del sistema.
 
Fastidiamos al poder por naturaleza y nos atenemos a las consecuencias.
Nuestro oficio cotidiano, nos aficiona a vivir en la conciencia de lo que nos rodea, algo, por cierto, muy poco confortable.
Vivimos cotejando, confrontando, cuestionando. No tenemos paz.
 
Vemos todo, o casi todo, de demasiado cerca. Somos testigos privilegiadas del tiempo que nos tocó vivir. No es poca cosa.
 

  • 2014-09-08
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