VIAJES

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Nunca me sentí sola

2014-09-05

 
Vagué durante tres días sin compañía alguna por las calles de Estambul y nunca me sentí sola.
Si algo me impactó, a poco de llegar por primera vez a la mágica ciudad que se reparte entre  dos continentes, fue la desbordante cordialidad de su gente.
 
Todo bulle en Estambul.  Caótica, glamorosa, vital y envolvente, es difícil escapar a las apabullantes propuestas de comunicación que te cortan el paso.
Cosmopolita, y a la vez celosa guardiana de milenarias  tradiciones,  la ciudad de los minaretes te involucra rápidamente en inesperados encuentros y conversaciones.
 
Es tan difícil comprender el idioma de los turcos como fácil entenderse con ellos en cualquiera de las tantas lenguas que se chapucean en la imparable Babel que parece flotar sobre el Bósforo.
 
Transitada por gente de todos los colores pero mayoritariamente musulmana, andar por sus calles puede devenir en una encantadora experiencia de comunicación.
 
Lo que a primera vista puede parecer extraño y diferente deviene rápidamente familiar y entrañable.
 
Entrar en comunicación con el otro, muy especialmente con el visitante extranjero, es parte del ADN de este pueblo de mercaderes devenido de la amalgama de tantas y tan vigorosas culturas.
 
La mirada del otro, lejos de intimidar, acompaña, incluye, vincula.
 
Todos quieren hablarte, venderte algo o simplemente  invitarte a participar en lo que sorprende al recién llegado como una fiesta del compartir.

  • 2014-09-05
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