VIAJES

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Celulares, 4 por 4 y un ramito de albahaca

2015-12-01

Un intenso perfume a albahaca fresca impregnó la cabina de la camioneta cuando subió Rosa.
Con toda delicadeza se soltó el atado de lana que llevaba amarrado en la espalda y lo acomodó a su lado. Terminaba para ella un largo día de andar en los cerros pastoreando sus cabras.
Con pocas palabras y apacible sonrisa desprendió el ramito de albahaca de su sombrero y me lo regalo sin más.
 
Fue su manera de agradecer los km de caminata ganados al atardecer.
Los caminos del norte son bellos y desolados pero la gente es sencillamente dulce y predispuesta. Los medios de comunicación y transporte son escasos o inexistentes y compartir es la ley.
 
Setenta y dos kilómetros separan a Humahuaca de Iruya. pero hacen falta casi tres horas y muy buen tiempo para transitarlos sobre la 133, una ruta estrechísima y sinuosa, llena de curvas y contra curvas sobre impactantes precipicios naturales.
 
Agustín solo quería esa mañana llegar a Chaupi Rodeo. Ocho kilómetros separan a Iturbe, el pueblito jujeño en el que habita, del paraje donde nació y aun viven su padres.
Chaupi es un sitio pequeño y aislado, como carece de teléfono, los pocos medios de transporte lo son también de comunicación. Si un abuelo se enferma hay que aguardar el paso de algún vehículo para pedir auxilio nos cuenta.
Agustín estudia Desarrollo Indígena en Humahuaca y va y viene por esos caminos en los que la señal de telefonía celular es un bien precioso y codiciado. Nos cuenta de sus cosas y de las cosas de su gente, de sus carencias, riquezas y avatares.
 
Los mas chiquitos también andan por los cerros. Cuando los abordamos, se debaten entre el temor a lo diferente y la curiosidad que anima sus almitas de niño.
Se acercan, miran, piden y juegan con uno desafiando la prudencia inculcada por sus mayores. Los fascina lo nuevo, lo diferente.
 
Un poco más adelante los deslumbrados somos nosotros. Un cartel perdido en medio de la nada nos sorprende. “Aquí celulares“, eso dice. Cuatro metros cuadrados de acceso a la señal y con ella, al resto del mundo. Allí y solo allí, se puede hablar, chatear, navegar. Allí, en ese pedacito, todo parece ser, nuevamente, cercano y accesible.
 
Iruya es su camino.
 
A poco de andar la naturaleza te aplaca, te serena. Uno va dejándose estar, vaacomodándoseal rigor que impone la altura, que hace lentos los pensamientos y deja fluir sueños y fantasías.
El corazón se sobresalta a los 4000 metros y la respiración se entrecorta pero el alma se entrega sinresistir al paso de las emociones.
 
No se llega hasta este aquí para seguir siendo el mismo, se llega buscando otra mirada, otro ángulo, otro punto de observación. Se llega para reencontrar la perspectiva, para
dejarse atrapar por la naturaleza y sentir con toda su intensidad el paso vibrante de la vida.

  • 2015-12-01
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