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Bella Viena.

2014-11-09

 


“El Beso” de Gustav Klimt marca con un toque de intensa sensualidad al ingreso de Viena al siglo XX.
Conmueve, aún hoy, contemplarlo en los suntuosos salones del Belvedere, el palacio barroco en el que Eugenio de Saboya ( 1663-1736) vivió tras haber liberado a Viena de la invasión turca, el príncipe que murió sin casarse ni dejar descendencia y a quien su desangelada apariencia no logró opacarle  la apabullante inteligencia y capacidad de estratega por la cual, aún hoy,  los austríacos  lo veneran e idolatran.

 
La emblemática obra del contestatario Klimt  embelesa con exquisitez al que se deja estar frente a las manos enlazadas del pintor y su amada Emile Floge, la que parece perderse en el entresueño de un beso en la mejilla.
Solo uno de los tantos momentos sublimes que uno puede regalarse en Viena.
 
Si se llega  dispuesto a perderse en las callecitas estrechas  de la ciudad vieja  será difícil escapar  al encanto de  los  cafés que resisten el paso del tiempo, al profundo aroma  a mazapán y chocolate que escapa de las patisserie, a la colorida esencia de flores y frutas de otoño que desbordan los escaparates de las callejuelas estrechas y un tanto enrevesadas.
 
Medieval y renacentista, barroca y postmoderna Viena te lleva y trae por la historia de los dos últimos milenios como quién cuenta un cuento.
Relatos de amor, poder, locura y muerte hablan del peso de las pasiones personales en el rumbo implacable de los acontecimientos compartidos.
 
En los elegantes salones de Schönbruun parece todavía mandar María Teresa, la soberana  que parió dieciséis hijos y gobernó cuarenta años con mano firme el destino de Austria y a la que le sobró tiempo para alhajar con miniaturas de nácar y finas marqueterías de rosal su palacio de verano.
 
 El mismo que hoy guarda el  delicado tocador de Sissí, la  bella y rebelde emperatriz que renegó de su matrimonio imperial atropellando los cánones de su tiempo para terminar asesinada a manos de un anarquista italiano.
Dicen que Mozart de solo cuatro años maravilló en estos salones cuando, como quién juega, ya hacía la música que legaría a la humanidad.
Todavía se lo recuerda apenas niño sentado colgado del cuello de la María Teresa tras sus primeros y  deslumbrantes conciertos.
 
No hace falta dejarse afiebrar por las fantasías para escuchar los valses que entre guerra y guerra animaron fastos, celebraciones  y banquetes en la Austria del siglo dieciocho.
 
Visitar los aposentos imperiales, los imponentes salones blancos y dorados donde una y otra vez se re escribió  la historia de Europa es parte del deleite que propone la imponente Viena, la ciudad que hace pie entre  Oriente y Occidente.
 
Más difícil resulta al visitante encontrar las locaciones que albergaron el genio de Beethoven. Se dice que ocupó no menos de ochenta viviendas en su paso por la ciudad, siempre moroso en el pago de los alquileres, siempre molesto para sus vecinos, incapaz de acotar su afiebrada inspiración a los horarios que impone la convivencia.
 
 Algo más fácil parece ser dar con las locaciones que albergaron a Freud, entre otras el emblemático Café Landtmann frecuentados por artistas, intelectuales y políticos y animado a diario por vibrantes ruedas de prensa.
 
Vagar por los jardines imperiales o por los infinitos espacios verdes de la capital de Austria  ayuda a recuperar el sentido que el inexorable paso del tiempo impone en las estaciones, que son cuatro y bien marcadas en este lugar del  mundo.
 
Solo entrar en Sthephandom,  trasmuta  el sentido de lo mundano en contemplación. Todo ayuda a la espiritualidad en la imponente catedral gótica que huele a incienso y titila en cientos de pequeñas velitas encendidas por los promesantes. Todos es allí recogimiento y oración.
 
Afuera la magia se extiende con el sonar de la gigantesca campana de Pumarín, construida con el hierro de los cañones arrebatados a los turcos y que hoy despliega su milenario llamado diario a la convivencia en paz.
 
Naschmarket marca la tregua del mediodía. El mercadito se anima con el trajinar de los que buscan exquisiteces.  Una oferta interminable de fragancias frutales, marinas y del bosque tientan a probarlo todo. Especias del Oriente y flores de estación. Todo provoca a poner en juego  los sentidos. Todo se puede ver, oler, tocar y probar en el laberinto de los tenderetes.
 
 
Historias de príncipes y princesas, carruajes que van y vienen trajinando el señorial empedrado del trazado medieval. Sofisticación y serena modernidad.
Elegante convivencia de lo nuevo y lo viejo. Imponentes rascacielos de cristal tocándose con palacios del medioevo. Palomas en las plazas y internet por dónde busques.
 
Viena, actual y contemporánea. Tradicional y acogedora. Vale la pena caminarla.

  • 2014-11-09
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