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Bangkok. Entre la flor de loto y el "gasoline coupon"

2015-12-30

 
Caótica y desenfrenada,   Bangkok  desconcierta al que llega desprevenido.
Inquietante y contradictoria, basta girar una esquina para entrar  en un clima nuevo e inesperado.
 
En algo coinciden locales y visitantes: “los tutukeros están todos locos”. 
Perforan calles y avenidas atiborradas transgrediendo todas las normas de tránsito conocidas.
 
Son un emblema de las vertiginosas calles de Bangkok y hacen uso y abuso de esa posición. Montados en sus coloridos ciclomotores de tres ruedas pueden llevarte donde lo desees por pocos centavos  pero se recomienda una previa y  concienzuda negociación.
 
Tentados por el “gasoline coupon” que reciben de las tiendas contra entrega de un turistas con cara de comprador, te propondrán tantas paradas como les permitas en el camino a tu destino.
 
Cada stop les reporta cuatro litros de combustible y es fácil quedar reducido a una mera moneda de cambio por el líquido y, al menos para ellos, vital elemento.
No son, de todos modos, los peores del barrio.
 
 Compiten en suicida temeridad con los motoqueros que como hormigas desesperadas se escurren entre el tránsito ensayando pavorosos zigzags.
De a dos, de a tres, en familia, con o sin casco. La cuestión es llegar, dónde sea pero llegar. Si tienen que subir a las veredas lo hacen sin remilgos. Los avatares del “rush hour” desquician al más centrado.
 
Con casi 16 millones de almas  trajinando la cotidiana realidad del gran Bangkok no hay autopista, calle ni avenida que alcance; ni al parecer, norma que no merezca ser violada. La necesidad es hereje.
 
Lo que no parecen pasar es hambre. En las calles de Bangkok se cocina y se come mañana, tarde y noche. El trasiego de ollas, sartenes, calentadores y barbacoas y coladores es permanente y agotador.
 
No hay esquina,  portal u ochava de la ciudad donde no se esté cocinando o comiendo algo. Las veredas del centro son una suerte de patio de comidas a cielo abierto.
 Se come en la calle, mucho, rico, abundante y muy barato.  Desayuno, almuerzo y cena al paso.
 
Si no se dispone de mayores remilgos bromatológicos uno puede acceder a casi todos los tradicionales bocadillos y manjares de la cocina thai por centavos de euro o dólar.
Eso sí, hay que poder sobreponerse al terrible impacto sobre el olfato de una endemoniada superposición de aromas y fragancias que compiten en intensidad.
 
Jengibre, coco, canela, curry, aníses y menta que se suman a otras especias más profundas y misteriosas, de esas que arden en el paladar y paralizan el alma, aunque más no sea por un buen rato.
 
Pero no todo huele bien en la legendaria Bangkok. 
El Chao Phraya luce espeso y amarronado. Es un río turbulento y agitado y el cuidado del medio ambiente no parece estar, al menos hasta aquí, entre las prioridades del momento.
 
Los canales tras las exclusas,  conocidos como khlongs,   quedan a mitad de camino entre el encanto veneciano y las delicias de nuestro inefable Riachuelo. 
Los “long tail boats” , circulan cual góndolas enloquecidas, impulsadas por motores ruidosos y humeantes pero permiten conocer ese sitio donde corre la vida diaria thai.
En la proa,  guirnaldas  de flores sostiene en pie la  hospitalaria mística tailandesa.
 
Nadie repara en la basura que flota con tanto acalorado ir y venir.
Barcazas  como pagodas, sobrecargado transporte público fluvial y  lanchas taxi mas endemoniadas que los tuk tuks se recortan contra el perfil posmoderno de imponentes torres acristaladas.
 
No parece estar uno camino al  Nirvana por las calles de Bangkok, pero basta trasponer la entrada de un templo budista para que cuerpo y alma vuelvan a juntarse en trascendente comunidad.
 
Luminosos, coloridos, alegres  y acogedores los sitios sagrados del budismo trasuntan espiritualidad.
 Se entra a ellos a meditar y todo acompaña.
Flores  y sahumerios. Mantras y recatada intimidad. El encuentro con uno mismo bajo la mirada paternal y serena de un Buda dorado.
 
Sentado, parado, reclinado. Bañado en oro o tallado en Jade Buda está en todas partes: en el dorado santuario del palacio real y en el más humilde de los hogares thai.
 
Verlos reclinarse ante los altares. Contemplarlos en mediación invita a repensar la dimensión del instante que se vive,  a recuperar la conciencia del aquí y ahora.
 
No llega hasta estos sitios para pedir a la divinidad, se viene para buscar dentro de uno mismo el camino a un sitio mejor.
 
Por eso  la flor de loto  es sagrada para los budistas. Simboliza la pureza y la superación espiritual.
Las raíces permanecen en las profundidades sombrías del mundo, pero su consciencia se eleva a la plenitud de la luz.
El milagro de cada brote nos recuerda que se puede emerger de la insondable y oscura profundidad de un estanque hasta alcanzar  la belleza. Que el camino hacia  el despojamiento y la paz está dentro de cada uno aunque hagan falta mucho más   que una vida para poder comprenderlo.
 

  • 2015-12-30
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