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"Nueva Zelanda. Entre el cielo y el infierno"

2017-01-03

Pequeñas luces iridiscentes titilan en las paredes calcáreas de las cuevas de Waitomo. Es uno de los tantos misteriosos tesoros escondidos en las profundidades de la tierra maorí.

Cuesta creer que bajo estos campos tan plácidos como verdes y suavemente dorados curse una vida llena de fenómenos que, de tan extraños e intensos, parecen corresponder al ámbito de lo sobrenatural.

No son hadas ni duendes los que alimentan de tornasol y purpurina de esa alucinante vía láctea subterránea.

Los “glowworm” son pequeños gusanos luminiscentes que gustan reproducirse en las húmedas y oscuras grietas de piedra caliza dónde viven en secretas y enormes comunidades.

Deslumbran los hilos plateados en los que cuelgan sus larvas fluorescentes suspendidas sobre las lagunas en la oscuridad.

“Titiwai” es el nombre que le pusieron los nativos maoríes a estos bichitos glotones que encienden sus brillos para atrapar a los insectos con los que se alimentan a destajo llenando de luminarias estas catedrales escondidas bajo la tierra por las que se descuelgan cientos de eternas estalactitas.

En Wai-o-tapu otras son las maravillas.

También en la Isla Norte de Nueva Zelanda el parque termal “Agua sagrada” parece un escenario fantasmagórico.

Cráteres derrumbados todavía hirvientes, lagunas de agua y lodo frío, fumarolas de vapor y manantiales de aguas cargadas de azufre invitan a sumergirse en una experiencia sensorial de intensidad religiosa.

Dejarse envolver por el vapor acidulado, de a ratos frío, de a ratos caliente, de la “piscina de champagne” transporta a un mundo onírico y encantado.

Esta inmensa olla de agua termal, de 62 metros de profundidad, formada hace 700 años por una erupción geotérmica, hierve a 74 grados con burbujas producidas por dióxido de carbono y cargadas de oro, plata, mercurio y antimonio. Huele a sulfuro intenso y penetrante.

El lago Ngakoro, de espejo verde esmeralda, con su refrescante cascada blanca, ofrece una tregua a la mirada y el alma.

Permite recomponerse, tras la aterradora impresión que impone “ el cráter del infierno”, en el que el lodo hierve violento e imparable entre erupción y erupción.

Todo fascina y asusta, deslumbra y angustia. Reubica y a la vez descoloca.

Los montículos de azufre, los precipicios de alumbre, los géiseres siempre activos, conviven con el sendero sagrado y el camino por la selva nativa, dónde entre gigantescos follajes y plantaciones de kanukas anidan los bellbirds y tuis del lugar.

La “piscina de la ostra” sorprende como único ojo profundo y celeste. Emerge de entre frágiles cristales de azufre y no para de hervir.

Pero nada causa tanto impacto visual como
“baño del diablo”, un gran cráter de borde escabroso que emerge junto a la línea de la selva con su laguna de un verde tan intenso como cargado de arsénico.

Una reserva escénica pavorosa y deslumbrante, entre demoníaca y celestial.

Un sitio dónde la naturaleza se expone en su expresión más brutal y extrema, potente y desafiante, y a la vez muestra su costado bello, colorido y sensual.

  • 2017-01-03
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