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"Flotar en el Limay"

2015-01-14

El Limay es un río de atrapante belleza. Parido en la imponente inmensidad del Nahuel Huapi arranca su curso vibrante en el marco de la estepa patagónica. 
Estrecho pero muy largo, quinientos kilómetros hasta el Río Negro, corre inquieto entre valles encantados, planicies que recortan el horizonte y la verde pelambre de pinos fatigados de viento e inmensidad.

Si algo deslumbra es su transparencia y el relumbre dorado que reverbera en la superficie cuando el sol golpea su brioso caudal.

Flotarlo en sus primeros tramos es una experiencia extrema y sensual.
Hay que dejarse estar, dejarse llevar por su arrullo caudaloso e inquieto.

Vertiginoso por tramos, arremansado en otros, deslumbrante al llegar al Anfiteatro.

Su verde puede virar al esmeralda para luego hundirse en un azul profundo o deshilacharse en el paso infinito de su fondo de piedras grises, negras y blancas.

Limay quiere decir límpido, transparente.
Entre el Nahuel Huapi y el Ríos Traful solo lo cruza un sencillo puente peatonal en Villa Llanquín, una pequeñísima población neuquina. 

Misterio en las formaciones rocosas que plantan presencia en sus contornos, rastros pictográficos en las cuevas escondidas y una solitaria inmensidad que solo quiebran choiques, patos, garzas y las truchas arco iris que escapan una y otra vez al apasionado ardid de los pescadores.

Meterse en el Limay es dejarse envolver por la naturaleza, reencontrarse con la más pura versión de la belleza y acercarse a lo divino, cualquiera sea la noción que de un Dios se tenga.

  • 2015-01-14
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